domingo, 25 de diciembre de 2011

Tres países en un post

Ha pasado tiempo desde nuestra última entrada, y en el medio tantas cosas, tantas cosas importantes.

El viaje fue corto hasta Cafayate, habremos tardado apenas unos diez días en llegar. Yo ya andaba incómoda por la panza, la columna, el nervio ciático y las piernas hinchadas, teniendo solo en mente llegar pronto para formar el nidito en donde esperar tranquilos a nuestro segundo bebé. Cafayate resultó ser la mejor idea que se nos pudo ocurrir. Un pueblito hermoso entre las montañas, barato, tranquilo pero con gran movimiento turístico a la vez. Recién llegados a principios de Agosto, nos pusimos a buscar un lugar para alquilar por mes, ya que sabíamos que mínimo hasta noviembre nos íbamos a quedar. Fue difícil porque la situación habitacional en Cafayate es extraña y no se encuentran muchos lugares para alquilar, así que nos tomó un poco encontrar lo que se convirtió en nuestro hogar por los siguientes tres meses: el Huayra, un hostel temporalmente cerrado al público porque los dueños se iban al día siguiente de nuestra llegada a visitar a sus familias a Buenos Aires y quedaba a cargo Nico, de quien nos haríamos rápidamente buenos amigos. El tiempo se pasó volando entre idas a los controles del embarazo, jornadas intensas de producción de artesanías, juegos con Nehuén y yendo a vender todas las tardes nuestras artesanías frente a la plaza de armas. Creo que nunca antes nos habíamos sentido tan cómodos pasando tanto tiempo en un mismo lugar. Llegamos a hacer un lindo grupo de amigos y llevar una vida rutinaria que normalmente nos aburriría si no fuera por la gente increíble que conocimos y con quienes compartimos tantas reuniones divertidas y comilonas deliciosas.










El 16 de Octubre a las 2 de la madrugada nació nuestro hermoso bebé cafayateño Antú, gracias a Dios sano y robusto como un bebé viajero tiene que ser.



Vino nuestra familia de Buenos Aires a visitar a sus nietos y con ellos viajamos a Salta para prorrogar el permiso de la kombi en territorio argentino que ya estaba próximo a vencer, Antú tenía apenas dos semanas de nacido. Lunes a primera hora nos encontrábamos parados en las oficinas de la aduana de Salta listos para iniciar el papeleo, aparentemente todo transcurría con total normalidad. Sin embargo a la tarde, cuando volvíamos por nuestro permiso firmado, todo se desmoronó. El jefe de la aduana mismo nos invitó a pasar a su oficina para darnos la mala noticia de que no nos daría ninguna prórroga de la estadía. La razón: había logrado averiguar que yo ya contaba con la residencia permanente en Argentina y eso me imposibilitaba entrar un vehículo al país como turista, debía hacerlo como si fuera argentina y contentarme con los 90 días improrrogables que les dan a los argentinos con vehículos extranjeros. La estadía se nos vencía en una semana y las únicas opciones que él nos daba eran o dejar el país dentro de ese plazo, o dejar la Kombi guardada en una zona primaria de aduana hasta el momento en que decidamos irnos. Esto último fue lo que hicimos y a la semana siguiente viajábamos nuevamente a Salta a dejar la kombi con la mayoría de nuestras cosas en ese lugar y volvernos a Cafayate sin ella. Demás está decir que hacer estas cosas con un bebé recién nacido y un niño de dos años es sumamente agotador, y a veces pienso si no nos estaremos destagastando demasiado física y mentalmente cada vez que el sistema nos pone esta clase de dificultades. Dos semanas mas tarde, a principios de diciembre y con Antú de un mes y medio, estábamos listos para dejar Cafayate definitivamente. Muchos deben pensar que somos un par de locos, y tal vez tengan razón. Pero es que lo que nuestra sociedad llama por normal es algo que nunca hemos querido para nuestras vidas.

En fin, el viaje de regreso hacia el norte comenzó con el pie izquierdo pues para estar a primera hora en la aduana de Salta debíamos salir a las 4am en bus de Cafayate. Todo el día siguiente nos pesó el cansancio, y consistió en esperar el trámite, intentar cambiar nuestros pesos a dólares (algo que en Argentina se ha vuelto una odisea), retirar la kombi del depósito en el que había estado relegada las últimas dos semanas, y finalmente arrancar en dirección hacia la frontera, hasta donde nos tomó menos de 48 horas llegar pues ese era el plazo que se nos había dado para que la Verdolaga dejara el país definitivamente.

Llegamos nerviosos a la frontera porque dada nuestra experiencia adquirida, nunca se sabe con qué nos pueden salir. Logramos salir de Argentina sin mayores problemas, pero nuestro ingreso a Bolivia no se hizo tan fácil y terminó en un tremendo dolor de cabeza. El sujeto de migraciones de Bolivia se negaba a sellar mi pasaporte argentino, con el que tenía pensado viajar a partir de ese entonces por la simple razón de que me permite entrar a mas países que el documento de mi país. El tipo alegaba que como yo era peruana era imposible que tuviera un pasaporte argentino y que por lo tanto no podía dejarme entrar con este documento a Bolivia. Luego de un buen rato de explicarle que si yo no pudiera viajar con ese documento jamás me lo hubieran otorgado ya que para lo único que sirve un pasaporte es para viajar, que si no tuviera validez el gendarme argentino tampoco hubiera sellado mi salida, y de simplemente rogarle porque tenía a un bebé recién nacido colgado de la teta y a otro tratando de escaparse todo el tiempo, accedió a sellar el pasaporte no sin antes dejar en claro que "nunca mas entrará a Bolivia con ese pasaporte!" Siempre pienso y diré que ponen en las fronteras a las personas mas estúpidas e incapaces, que ante la duda prefieren hacer pasar a uno un mal rato en vez de tomarse el tiempo de averiguar y hacer bien su trabajo.



En fin estábamos en Bolivia y listos para llegar a Camiri donde tenemos nuestra familia amiga que cada vez que pasamos nos adopta con todo el cariño haciéndonos sentir cómodos y en casa.






Las siguientes semanas en Bolivia tampoco fueron fáciles. Decidimos tomar un camino distinto que por el que habíamos venido, pero no fue una buena decisión. Era el camino viejo de Santa Cruz a Cochabamba que pasa por Samaipata, lugar que nos habíamos quedado con las ganas de conocer el año pasado. Yo había visto en un mapa que tendríamos que pasar por 50km de ripio antes de Cochabamba, cosa que no nos pareció tan grave. Pero parece que el mapa lo hizo alguien muy mal informado, puesto que el ripio fue eterno (150km, dos días enteros) y el camino terrible con constantes subidas y bajadas. El motor se nos recalentaba en las cuestas y teníamos que parar a cada rato para que enfríe, una pesadilla. Era imposible apreciar el bello paisaje con la constante preocupación de estar posiblemente fundiendo el motor otra vez. Poco antes de terminar el ripio un ruido muy fuerte nos hizo parar y al fijarse Gus descubrió que habíamos partido la barra estabilizadora en dos. No quedó otra que atarla con hilo encerado y seguir camino.





Samaipata ni siquiera valió la pena pues resultó ser un pueblito sin mucha gracia, bastante aburrido, sí bonito pero poco amistoso ya que encima antes de irnos un viejo facho que se juraba el dueño del pueblo nos amenazó de muerte por taparle la vista a la plaza con la kombi. Algo que es una constante en Bolivia es que te es recordado demasiadas veces que tú no eres de allí, que eres extranjero/a, que ellos son los dueños de todo y que por lo tanto tú no tienes derecho a nada. Nos ha pasado que no nos han querido vender pan ni galletas, que no nos respondían cuando les hablábamos, en fin, aparte de contadas excepciones es una gente muy difícil y muy cerrada, y no es de sorprender que el Che Guevara haya visto fracasados sus planes revolucionarios en este país si la gente se encuentra tan recelosa con las personas que no son bolivianas.

A este recuento de dificultades debo sumar el de la gasolina. Uno de los atractivos para pasar por Bolivia era lo barato de su combustible. Pero una nueva ley anti extranjeros nos la ponía difícil: los vehículos con placas extranjeras ahora pagaban el triple, es decir mas caro que en Argentina o Perú, una locura. Y esta vez no había manera de sobornar al gasolinero con pulseritas pues les habían puesto cámaras "los del gobierno" y parecían realmente convencidos de que el mismísimo Evo Morales los estaba observando atentamente para que no cometieran ninguna infracción. Nuestra solución fue conseguir un bidón de 20 litros y comprar así la gasolina para a los pocos metros introducirla en la Kombi, un absurdo. Además cada ciudad agregaba una dificultad a esta movida. En Cochabamba sólo nos cargaban 10 litros por persona, así que tenía que ir Gus a cargar diez, luego yo a cargar diez y así en tres grifos distintos hasta llenar el tanque. En La Paz directamente ya no nos querían vender con bidón, por suerte encontramos un grifo clandestino y llenamos el tanque, pero nos olvidamos de llevarnos gasolina barata para el camino.

Cochabamba estuvo mejor porque conocimos recién llegados a un chico dueño de una kombi que nos dio una mano para varias cosas, entre ellas nos regaló un montón de pañales y nos llevó al taller mecánico donde trabaja a que le den una revisada a la Verdolaga, que sospechábamos no había salido ilesa del camino viejo. Total, descubrieron que estaba perdiendo aceite por un reten roto y que tocaba bajarle el motor. Por suerte Bolivia es barato y todo el arreglo con repuestos incluidos nos salió apenas $50. Estuvimos varios días trabajando en Cochabamba en una plaza que tenía un movimiento de locos por culpa de las fiestas navideñas para las que ya no faltaba mucho. Para el fin de semana ya estábamos entrando por el caos del Alto a la ciudad de La Paz con el fin de participar en la feria del prado del domingo. La sorpresa ingrata de que tal feria no la hacían más que de abril a Octubre nos quitó toda la ilusión de recuperar lo gastado hasta entonces y quedamos en cambio con la resignación de seguir gastándonos nuestros humildes ahorros. Nos apuraban las fechas navideñas, que queríamos pasar en Lima con nuestra familia, y también nos botaba de Bolivia la seguidilla de contratiempos y la falta de satisfacciones que nos traía este viaje tan difícil.






Salimos de Bolivia jurando no volver a regresar en Kombi por estos lados y ansiosos por entrar a Perú, algo que para variar nos costó bastante. Estaba el tema de la reimportación del vehículo al territorio peruano, y eso no solo nos costó bastante dinero sino pasar una noche en desaguadero y 24 horas en el depósito de la aduana hasta que por fin fuimos libres de transitar por el Perú. Algo bueno fue que nos enteramos que para la salida hacia Ecuador no es necesario hacer todo este trámite pesadillesco y que se puede salir normalmente por la frontera.

Una vez dentro de Perú todo fue mejorando, al menos las personas eran amistosas con nosotros tanto así que hasta los policías nos causaban una buena impresión! Felices porque según nosotros ya había pasado lo peor, llegamos a Arequipa pensando pasar una noche, conocer lo que no conocimos el año pasado y seguir viaje normalmente para llegar a tiempo al festejo navideño en Lima. Pero nuevamente la vida nos guardaba una sorpresita desagradable bajo la manga. Fuimos a hacer el trámite de la revisión técnica, obligatorio documento para circular con cualquier auto. Ya quedaba camino a Camaná, así que pensábamos seguir viaje después de hacerlo. Pero no aprobamos, y teníamos que arreglar tres desperfectos en la Kombi para obtener el documento: la luz de retroceso no encendía, un extremo de la dirección tenía juego y nuestra emisión de gases dio muy alta. No perdímos el ánimo y lo primero que hicimos fue encontrar un lugar donde arreglar lo de la dirección que nos parecía lo mas complicado. El mecánico, muy amable, nos citó para el día siguiente a primera hora y nos mandó a la calle de los repuestos para irlos consiguiendo. Ahí mismo encontramos un electricista que por 5 soles nos solucionó lo de luz y al día siguiente pasamos la mitad del día en el taller arreglando el juego en la dirección. El mecánico resulto siendo un señor muy amable que se identificó con nuestra causa y terminó cobrándonos la mitad no sé si porque le dimos pena o qué, pero mal no nos vino. Quedaba lo de la emisión de gases, que creíamos sería algo de lo mas simple de solucionar ya que los puestitos de quienes regulaban las emisiones se encontraban afuera del lugar donde se hace la revisión técnica. Para nuestro horror el tipo que se puso a revisar nos dio la noticia de que no se podía hacer porque era algo del motor que implicaba bajarlo nuevamente! Totalmente desmoralizados fuimos a un mecánico de VW que él mismo y otro señor de la repuestera nos recomendaron, y este nos reconfirmó la mala noticia. El motor estaba perdiendo compresión y eso hacía que la emisión de gases de muy alta como para pasar la revisión técnica, no quedaba otra que bajar el motor. Como no queríamos más que llegar a Lima y olvidarnos de este viaje que se estaba transformando en una pesadilla, decidimos viajar igual, con la esperanza de que los policías en la ruta comprendieran nuestra situación y nos dejaran llegar a destino en paz. Pero en el primer peaje nos paró el policía y lo primero que nos pidió fue la revisión técnica. Nos pusimos a explicarle que habíamos estado fuera del país por un año y medio (enseñándole los papeles aduaneros), que habíamos tenido la intención de sacar la revisión técnica pero que era un problema de motor que nos era imposible de solucionar en ese momento, etc. Fue en vano, el policía quería lo que todos quieren: dinero. Nos amenazó con la multa de 450 soles, con quitarnos la camioneta, con que toooodos los policías del camino nos seguirán poniendo multas de 450 soles para finalmente decirnos que le demos algo para la gasolina para solucionar el problema. Para hacerla corta, nos dimos media vuelta porque no queríamos saber nada con tener que estar pasando por estas extorsiones a lo largo del camino, ya estábamos lo suficientemente nerviosos y estresados como para exponernos a estos carroñas que encima en épocas de fiestas de fin de año se ponen peor que nunca. De vuelta en Arequipa nos pusimos a exprimirnos el coco para encontrarle una solución a nuestros problemas. Nos cuestionamos todo lo que estábamos haciendo, y ylamé a mi mamá en busca de consejo y consuelo. Terminamos tomando, creo yo, la mejor decisión, tal vez no para nuestros bolsillos pero sí para nuestra salud mental. Dejaríamos la kombi en el taller del Sr Sánchez para que éste arregle lo que haya que arreglar para conseguir el bendito documento que nos permite andar y nos iríamos en micro a Lima por unas merecidas vacaciones, a disfrutar de nuestros mas queridos y que más nos quieren. Y así hicimos, ahora estamos acá con las pilas recargadas, con la confianza renovada para los primeros días del 2012 volver por la Verdolaga a Arequipa y subir por la costa despacito, como tiene que ser.

jueves, 25 de agosto de 2011

Partimos de Buenos Aires con la Kombi remodelada

Como dos meses y medio pasaron, y nuestra salida fue dilatándose continuamente por el proyecto que emprendió Gus de remodelar el interior de la Kombi completamente. Se propuso hacerlo él mismo, contando con la valiosa ayuda de un nuevo amigo carpintero, Emiliano, que le prestó las herramientas y compartió con él generosamente su taller y sus conocimientos. Además estaba armado con un plano bajado de internet al que le hizo leves modificaciones porque sino nos quedaba un mueble demasiado grande y una cama muy pequeña.



El resultado ha sido sorprendente, nuestra casita sobre ruedas ha quedado comodísima y pensando ya no en tres sino en cuatro tripulantes, Gus se encargó de crear los espacios necesarios para que podamos guardar nuestras cosas de la mejor manera posible, aprovechando el lugar al máximo. Ahora tenemos mas espacio, menos desparrame de ropa y materiales por todas partes y quedó mucho mas lindo de lo que jamás hubiera imaginado que pudiera quedar, considerando que Gus tenía cero experiencia en carpintería.

Acá algunas imágenes del proceso:









Listo para partir!




Ahora estamos en nuestra primera parada, Rosario, que ya se ha convertido en una tradición como punto de entrada y salida de Buenos Aires, donde siempre nos recibe nuestro gran amigo Eugenio con los brazos abiertos. Andamos apurados pues la panza crece imparable y ya falta poco para que el esperado hermanito de Nehuén nazca. Si todo sale bien, y tengo fe de que así será, será un bebé Salteño pues pensamos ir a esperarlo al hermoso pueblito de Cafayate, para después continuar con nuestro periplo hacia el norte, lo mas que se pueda.

Nada en este viaje sería posible sin el apoyo y la ayuda incondicional que recibimos de nuestras familias, amigos y desconocidos que se transforman en amigos. Por eso estaremos siempre en deuda con todos ustedes y les dedicamos todos nuestros logros! La satisfacción de lograr una meta creo que es algo que nos mueve a todas las personas y no puedo explicar el orgullo que siento de lo que ha logrado Gus a punta de empeño y fuerza de voluntad. Realmente la lección es que uno puede lograr todo lo que se propone si está abierto a las oportunidades, sabe recibir ayuda humildemente y pone todo de su parte.

sábado, 21 de mayo de 2011

Logramos volver a Buenos Aires



Nos tomó casi tres meses bajar de Buenos Aires hasta la puntita del país. El regreso fue todo lo contrario. Una vez que el motor fue puesto definitivamente en marcha por el entrañable mecánico Polo, dos semanas después de nuestro fallido intento de fuga de Río Gallegos, salimos volando sin mirar atrás y parando solamente para ir al baño, comer, dormir, y ponerle gasolina (nafta) a la kombi. Por suerte el único contratiempo que tuvimos fue que por una serie de protestas y paros que desde hace tiempo vienen haciendo los trabajadores de YPF en todo el país, en Comodoro Rivadavia, casi a mitad de camino, nos tomó más de tres horas lograr llenar el tanque luego de recorrer todas las estaciones de servicio a las que ya no les quedaba más gasolina, y encontrar la última que quedaba cargando con una cola de autos de cinco cuadras. No teníamos ganas de quedarnos más tiempo de lo estrictamente necesario en una ciudad tan fea como esa, pero hasta que no estuvimos con el surtidor enchufado, dudamos de llegar a tiempo y nos imaginábamos después de toda la espera siendo rebotados porque se había agotado todo lo que quedaba. Hasta ahora no entiendo muy bien porqué todos estaban tan desesperados por llenar sus tanques si al día siguiente era domingo y en una ciudad relativamente pequeña tampoco es una tragedia no tener el auto por uno o dos días, pero bueno, sus razones tendrían. Fue así que seis días después de salir de "Vientolandia", como Gus apodó a Río Gallegos, y haciendo en promedio 400km diarios (como 8 horas de manejo para nuestra tortuguita) llegamos exhaustos, hambrientos, y bastante sucios, a la casa en la que Gus creció y donde nadie esperaba vernos llegar tan rápido.

Ahora que lo pienso fue bastante estúpido exigirle tanto a un motor que recién se estaba asentando, luego de tan crítica operación. Pero gracias a dios La Verdolaga se portó como la guerrera que es y ahora sí confío en que ha quedado como nueva. A Polo lo tenemos parado en un pedestal, para nosotros es un genio (a pesar de su mal genio) ya que sin él no sé qué hubiera sido de nuestra casita rodante. Antes de tener la kombi tenía la absurda idea de que estos motores eran simples de arreglar. Tal vez porque relaciono equivocadamente lo antiguo con la simpleza y lo nuevo y tecnológico con la complicación. Pero lo cierto es que estos vehículos requieren de personas muy conocedoras y especializadas para poder arreglarlos bien. La experiencia lo es todo al reconstruir un motor de estos, sacar de oído el problema que tiene, encontrarle la vuelta a una pieza gastada, ajustar cada tuerca. Gus estuvo permanentemente en el proceso y lo bueno es que pudo aprender muchas cosas, al menos como para poder identificar mejor los problemas futuros que podríamos tener.





Mientras tanto, Bebé ha comenzado a darme sus pataditas dulces y la forma de mi cuerpo ha vuelto a ser redonda y llenita. Me pregunto quién será este ser que ahora habita en mi, se nutre de mi, y al que amo y cuido tanto sin siquiera conocer. A su hermano mayor lo veo también listo para serlo. No exagero cuando digo que lo veo responsable, cuidadoso y generoso a pesar de su corta edad. Eso me da confianza de que va a ser un buen hermano y que los celos, aunque naturales, no van a ser los sentimientos que predominen en él.

Buenos Aires esta vez lo vi con otros ojos, probablemente porque esta vez no vinimos luego de estar ni en playas tropicales, ni de perdernos por las montañas, sino después de una tediosa espera en lugares fríos y con poco qué hacer. Lo cual confirma que todo es cuestión de percepción en esta vida, o como dijo A. Einstein, relativo. Así que he decidido esta vez disfrutar totalmente de ella, así sea una ciudad. Porque, y eso siempre lo supe, para ser ciudad, es de las mejores que conozco (lo siento Lima, pero acá no estoy a punto de ser atropellada 35 veces cuando voy con mi hijo al parque y cuando llego, encuentro mamás, abuelos y tíos cuidando de los niños y no celosas niñeras de uniforme blanco).

No sabemos cuánto nos quedaremos. No sabemos dónde nacerá Bebé. Sabemos hacia donde queremos ir, pero no sabemos cuándo. Tratamos de no hacer planes por ahora, al menos mientras nuestro plan sea juntar dinero para poder decidir. Y porque ya hemos aprendido que los planes a largo plazo están constantemente sujetos a cambios.

domingo, 1 de mayo de 2011

Feliz aniversario Verdolaga!

































El 1ero de Mayo del año pasado, nos compramos nuestra máquina de viajar a la que recién en Rosario le dimos su nombre. Por lo verde y por una canción de uno de nuestros artistas favoritos, ManuChao, le pusimos La Verdolaga.



Hace poco Gus descubrió que Verdolaga es una planta, un laxante natural, lo cual ya no me causó tanta gracia pero ni es momento de cambiarle el nombre porque a la hora de su aniversario tiene que tener uno, y como no se nos ha ocurrido otro mejor, este será. Se portó muy bien hasta su decadencia en El Calafate, y ahora estamos atorados en Río Gallegos porque cuando estábamos saliendo antes de ayer, a mitad de camino hacia el siguiente pueblo (Piedra Buena) nos dejó botados en la ruta. Gracias a la buena voluntad de los desconocidos volvimos remolcados en varios tramos por varios vehículos y finalmente nos dejaron a la medianoche en la puerta de la casa de la amiga que nos está hospedando, Maria José. Luego nos enteramos que el mecánico del Calafate había sido muy ineficiente y que por su culpa nos pasó todo esto pero como no vamos a regresar hasta allá para pegarle, nos contentaremos con mandarle insultos telepáticos. Por suerte la cosa no es tan grave como sonaba cuando no quiso seguir avanzando, y parece que podremos retomar nuestro camino el Martes.

Si bien cuando pasan estas cosas nos provoca dejarla botada con todo lo que lleva dentro y seguir a pie o en bicicleta, le estamos muy agradecidos porque podemos seguir viajando y tener ciertas comodidades, que teniendo un niño se aprecian mucho.

En Buenos Aires tuvo un cambio de look y rejuveneció muchísimos años. Pero no lo hicimos por estética sino porque la chapa tenía tanta masilla que se estaba cayendo a pedazos la pintura, y así oxidándose la chapa. Como íbamos a bajar por la costa no quedó mas remedio que hacerle ese trabajo porque el salitre nos iba a destrozar la chapa de todas maneras. La Verdolaga ya tiene 42 años y esperemos que siga andando muchísimos más. Ojalá la puedan usar nuestros nietos para viajar por el mundo!