



Una brasilera cuyo nombre no recuerdo me enseño a hacer estas flores en la selva de Brasil en enero del 2008. G y yo habíamos llegado poco antes de navidad a Alter do Chao en Santarém, donde existen una playas de río paradisiacas de arena blanca y aguas transparentes en pleno Amazonas. "El caribe brasilero". Yo nunca pensé que podía existir un lugar como ese y recuerdo que me impactó mucho la primera vez que lo vi. El agua, que era dulce, tenía la temperatura perfecta y el lugar estaba rodeado de verde. Pasamos tres semanas en ese mágico lugar, hospedados en el jardín de un generoso señor que nos lo prestó para montar la carpita y nos prestaba su cocina y el baño. Ahora que lo pienso, cuánta confianza debemos de haber inspirado en el Gaúcho para que nos abra así, sin más ni mas, las puertas de su casa y habernos dejado usarla como si fuera nuestra. Él nos decía que no teníamos nada que agradecerle.

La chica que me enseñó a hacer las flores era una artesana que vivía con su compañero en Macaco, un lugar en medio del mato a una hora y media a remo desde pueblo, o a unas dos horas caminando. Nos invitaron a conocer su lugar y pasamos un par de noches acampando en su cabaña, si es que se puede llamar de esa manera, porque en sí era un gran techo con columnas y hamacas, sin paredes. Había una cocina y un horno de barro, y ellos dormían en una carpa. El baño quedaba a varios metros, era un baño seco, de los que no utilizan agua. G y yo dormimos en hamacas esa noche, y nos despertamos al amanecer con los ruidos de la selva, que además de pájaros y chicharras incluían unos aullidos bien locos que después nos aclararon habían sido gorilas, y de ahí el nombre de macaco.







