lunes, 15 de noviembre de 2010

domingo, 31 de octubre de 2010

El norte Argentino

Los primeros días en Argentina fueron difíciles por numerosas razones. Quien alguna vez viajó de Bolivia a Argentina o al revés sabe de la enorme diferencia de precios que hay entre los dos países. Si consideramos que los pesos bolivianos al cambio se reducen a su mínima expresión, esta brecha se hace aún más grande. Me dio pena pensar que mucha de la gente que conocimos en Bolivia nunca podrá hacer una visita a conocer su vecino país principalmente por esta razón. Hicimos el camino de la frontera a Salta prácticamente de un tirón y llegamos a esta ciudad de noche y con hambre. La realidad nos pegó de golpe cuando no encontrábamos por ningún lado uno de nuestros ya acostumbrados menús económicos. Con lo que pagamos por el menú mas barato que finalmente encontramos, hubiéramos comido en Bolivia en un restaurante de lujo, pero rápidamente nos dimos cuenta que esa mentalidad no nos llevaría a ninguna parte. A la mañana siguiente tuvimos el despertar mas atroz de nuestras vidas: con bombos y platillos (literalmente) se reunían cientos de estudiantes en la puerta de la combi (literalmente) para celebrar el día del maestro a primera hora de la mañana. Con las ojeras hasta el piso nos levantamos para recorrer el centro la ciudad que se hace llamar "la linda".

Teníamos varias cosas por solucionar, la más importante era conseguir una garrafa de gas para la cocina de la combi, ya que la que traíamos desde Perú se había quedado vacía y no podíamos rellenarla porque los sistemas para hacerlo son tan distintos de país en país como si de planetas diferentes se tratase. Simplemente es imposible. Y como los asuntos de comer y dormir en Argentina son especialmente costosos, no tener donde cocinar nos podía llevar seriamente a la quiebra.

Caminando encontramos los puestos de la feria artesanal de los sábados. Nuestro deseo era huir de la ciudad después de trabajar en la feria el fin de semana, pero las ventas fueron sorprendentemente pobres y apenas nos alcanzó para comprar y llenar una garrafa de segunda mano que un gasista caído del cielo nos ofreció. Con el asunto de la cocina solucionado nos relajamos e hicimos la idea de que probablemente tendríamos que estirar nuestra estadía en Salta hasta pasado el otro fin de semana. Les digo que no es lindo dormir en una ciudad en la combi, y la experiencia bordea la indigencia. Sin embargo para mi toda experiencia es digna de ser vivida para crecer como persona. Mientras tanto, nos veníamos enterando por las personas con las que conversábamos que se venía una cosa, aparentemente muy grande y multitudinaria llamada "La fiesta del Milagro". Todo Salta está de vacaciones esa semana y nos entusiasmamos pensando en lo mucho que seguramente venderíamos, y que tal vez nos podríamos ir antes de lo que pensábamos.

La fiesta comenzó un miércoles y sí que era multitudinaria. Se trata de una supuesta virgen que parece una enorme muñeca de porcelana que la gente venera porque supuestamente hace milagros, como todas. Solo que la ciudad era un caos absoluto, la gente no quería comprarse ni media artesanía y las calles estallaban de fervor católico con cruces, rosarios, estampitas y libritos de rezo por todas partes. Para nosotros, una tortura absoluta. La misa era transmitida por altoparlantes y el "por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa" taladrándonos el cerebro. El punto culmine fue el viernes con todas las calles cortadas para esperar a miles de peregrinos que venían caminando en agradecimiento a la virgen por sus milagros desde lugares que quedaban a kilómetros de distancia, y el fin de la fiesta con fuegos artificiales y jolgorio. La verdad que no entendí nada, y creo que los mismos seguidores de esta fe no entienden nada de lo que les están inculcando, cuando por un lado dice en la Biblia, el libro que ellos supuestamente siguen, que no hay que venerar imágenes, y por otro lado uno ve que es todo lo que hacen. Además, quienes son todas estas vírgenes de diferente nombre y apariencia, no era una sola la madre de Jesús? Y me resulta en extremo sospechoso que todo pueblo y ciudad tenga una virgen que conceda milagros. No será que nosotros mismos, los seres humanos, somos capaces de realizar todos nuestros propósitos si los perseguimos con las suficientes ganas? Curarnos, viajar, conseguir un trabajo, un amor, hijos... No será que esta iglesia se aprovecha de esto para autocelebrarse y adjudicarse esta increíble capacidad innata que todos tenemos?

Ese fin de semana nos fue mucho mejor en la feria y el lunes pudimos dejar al fin a Salta "la linda" atrás. Porque es cierto que Dios provee, y lo hace siempre, nosotros lo vivimos en carne propia sin pertenecer a ninguna religión. Habíamos conocido unos días antes a dos chicas y un chico que viajaban juntos y que iban ese mismo día en la misma dirección que nosotros: hacia la Garganta del Diablo, un lugar muy turístico en la quebrada de Cafayate donde lo más importante era llevar agua y comida, porque no había nada. Acordamos ir juntos y compartir los gastos, y lo pasamos de lujo compartiendo como si nos conociéramos de toda la vida.

La Garganta del Diablo es una increíble formación rocosa erosionada desde tiempos prehistóricos por el agua y el viento. A pocos kilómetros queda el Anfiteatro, otra formación gigante que inspira enorme respeto y como su nombre lo implica, con una acústica alucinante. En esa zona hace mas de veinte años se vinieron a instalar artesanos que rápidamente notaron el enorme flujo turístico, y exponen sus trabajos en estos dos lugares. Ahora la mayoría trabaja con sus hijos ya grandes, que orgullosamente indican que son "nacidos y criados" en este lugar. Hay cierto recelo hacia los viajeros que llegan de paso porque evidentemente no quieren que nadie mas se quiera quedar en el lugar a vivir. Nos dieron dos días para exponer en la garganta y dos para el anfiteatro, más que suficiente para nosotros. El territorialismo se extiende además a un grupo de descendientes de indígenas calchaquíes, suris y diaguitas que viven en permanente roce con los primeros por considerarse "dueños" de estas tierras y los únicos con el legítimo derecho de vender artesanía en el lugar. Conviven en una especie de indiferencia hostil que expresan con miradas matadoras dirigidas especialmente a los que están de paso, aclarando siempre que no te puedes quedar más de dos días. Nosotros nos lo pasamos felices, riéndonos de todo esto, y cuando llegaban las dos de la tarde todos los vendedores ya se había ido para ocuparse de sus asuntos cotidianos y el lugar quedaba sólo para nosotros.







Después de cinco noches en la quebrada nuestras reservas de agua y alimento se habían agotado y nos fuimos a Cafayate, intentando antes parchar sin éxito en el mirador porque los calchaquíes nos echaron, y nos metimos en una pelea bastante chistosa en la que nuestro amigo Gian, sacó sus machetes para hacer malabares amenazando con descuartizarlos a todos.

Cafayate es lindo y tranquilo, y ya teníamos unas amigas que estaban a cargo de un hostel esperándonos. Al día siguiente fuimos a trabajar a la feria del pueblo, donde se nos acercó un hombre mayor y de apariencia amable que quería conocernos por la combi porque él también tiene una. Luego de un rato de conversación, nos comentó que tiene una casita en un lugar muy lindo que él mismo construyó y que si no queríamos ir a conocerla y quedarnos unos días. Quedamos para el día siguiente, cuando nos despedimos de nuestros nuevos amigos que también seguían su camino y volvimos por la alucinante ruta de la quebrada de las conchas.






La casa de Pedro es hasta ahora el lugar más mágico y en armonía que hemos conocido. Nos contó que caminó durante tres años hasta que encontró una vertiente de agua cristalina y decidió quedarse en este lugar. Él mismo se encargó de limpiar el terreno y durmió durante dos años dentro de la combi abajo de un milenario Algarrobo. Es el único habitante, a ocho kilómetros de la ruta. Se siente el amor y el cuidado con el que Pedro preparó este lugar. Se siente en el permanente contacto con la naturaleza y la invaluable soledad que raramente se puede experimentar. Sin embargo la paz de Pedro se vio perturbada cuando en tres oportunidades un grupo de calchaquíes lo fue a confrontar para que deje el lugar, argumentando que estas eran sus tierras y que ningún blanco podía instalarse aquí. No sirvió de nada que él intentase explicarles que él no se estaba adueñando de ningún territorio, que sólo estaba ocupando un espacio vital por el tiempo que la vida lo permitiese. Los neo indígenas aparentemente creen en la propiedad privada y sin ninguna justificación lo amedrentaron hasta que decidió alquilarse una casita en Cafayate para descomprimir la situación.

Después de mates, una hermosa conversación y algunas indicaciones sobre la casa, Pedro nos dejó solos para disfrutarla. Pasamos en total una inolvidable semana en la casita disfrutando del placer de tener todo lo que precisábamos y vivir como algún día, después de nuestros viajes, lo queremos hacer. En la naturaleza, en una casita construida con nuestras propias manos e independientes al sistema que ha esclavizado a toda nuestra especie. Por las mañanas y por las tardes nos visitaba una familia de zorritos, viejos conocidos de Pedro, para comer un poco de alimento balanceado. Por la noche prendíamos el fogón y encendíamos el "sol de noche", una lámpara a kerosene que nos iluminaba casi como un foco de 60 watts. Nos bañábamos con agua caliente gracias a un calefón a leña, y dormíamos con el silencio de las noches estrelladas.






La magia se quebró cuando nos percatamos que a nuestra querida combi se le había atrofiado el lugar donde se mete la llave y hace contacto, un aparatito cuyo nombre yo desconocía hasta entonces: el tambor. Después de renegar, decirnos "de todos los lugares posibles, justo aquí, donde no hay NADIE, nos tuvo que pasar esto??" decidimos ir por ayuda y de paso renovar nuestras provisiones a Cafayate. Volvimos con Pedro y con suficiente comida como para una semana y él nos enseñó a prender la combi con los cables y nos cargó la batería que además se había descargado. Gus dejó la combi un poco más arriba para tener una bajada y poder encenderla en caso se volviera a descargar, y al día siguiente después de almorzar juntos, Pedro se despidió de nosotros deseándonos buena suerte.

Habíamos decidido quedarnos unos días más disfrutando y luego volver a la quebrada para trabajar porque ya nos habíamos gastado buena parte de la plata en ponerle gasolina a la combi de Pedro, comprar gasolina para nuestra combi y en los víveres. El día de nuestra partida parecía que el lugar no nos quería soltar. A la hora de empujar la combi en la corta bajada, no entró el cambio y no la pudimos encender. Despues de varios intentos nos dimos cuenta que empujarla de regreso era imposible. No sabíamos qué hacer, y comenzamos a desesperar. Luego, la calma y a pensar. Gus entonces tuvo un recuerdo de Pedro mencionando que una vez se quedó sin batería y tuvo que subir sólo la combi a la subidita con un artefacto cuya existencia yo también desconocía llamado malacate. Es como una manija que enrolla una especie de soga que se ata al objeto que quieres trasladar (no tengo mejor manera de describirlo). Buscamos el bendito malacate desenfrenadamente hasta que lo encontramos colgado de una rama del algarrobo. Tardamos mas de dos horas en una operación que parecía salida de Misión Imposible en versión rústica para subir la combi unos cinco metros, poder empujarla y arrancar, cosa que gracias al Universo, hizo. Nos despedimos y salimos volando del lugar aprovechando que efectivamente habíamos logrado arrancar.

Estuvimos dos días trabajando en la garganta que por suerte fueron suficientes para juntar más de lo que nos habíamos propuesto porque la gente ya se estaba poniendo verdaderamente antipática porque no les gustó que hayamos vuelto. Para ese entonces ya estábamos listos de tener un poco de contacto con la civilización y volvimos al hostel donde estaban nuestras amigas. Para nuestra mala suerte otra virgen se nos cruzó en nuestro camino: ese era el día de la virgen de Cafayate y el pueblo estaba completamente revuelto. Lo mas loco es que la caravana de la virgen estaba parada en la calle del hostel y la mismísima virgen en la puerta y para nuestra consternación vimos que las camionetas que conformaban la caravana todas tenían publicidades de hoteles, vinos, agencias de turismo, tractores y cuanta cosa haya para vender y me sentí asqueada. En este mundo hasta lo espiritual se ha convertido en un producto.

Dos días después salimos hacia Tafí del Valle que ya queda en la provincia de Tucumán, a unas tres horas de Cafayate. En Tafí el clima es completamente diferente, hace mucho frío porque queda más alto y es húmedo. Llegando me llamó mucho la atención la cantidad de mansiones que había por todas partes. Tafí es el lugar de descanso de los "chetos" de Tucumán. Tuvimos suerte porque era el fin de semana largo y pudimos trabajar bien. Nos encontramos con una pareja de artesanos que habíamos conocido hace un año y medio en Cafayate y nos invitaron a su casita, también hecha por ellos mismos y de barro. La verdad es que desde que entramos a Argentina no hemos parado de conocer gente increíble y con una visión de la vida parecida a la nuestra. Eso me hace sentir que vamos por el buen camino, a pesar de que el mundo a nuestro alrededor se está desmoronando. Creo que estamos haciendo lo correcto al dar un paso al costado en esta carrera sin frenos que vive nuestra "civilización". Para ese entonces, ya se acercaba mi fecha en Migraciones que pude cambiar para el 22 de Octubre y no pudimos quedarnos todo el tiempo que nos hubiera gustado. Partimos después del fin de semana en dirección a Córdoba, una provincia por la que sentía mucha curiosidad especialmente porque me encanta la tonada que tienen los cordobeses al hablar.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Otra Bolivia

Las cosas no salieron bien y aunque sí salimos de Bolivia no logramos entrar a Argentina y, una vez más, nos quedamos atascados en una frontera. La razón: no teníamos un seguro de autos válido en ese país. Sí, no salimos del Perú con un seguro de autos internacional. No sé si ya estamos demasiado desconectados del sistema o si simplemente somos estúpidos, pero nunca se nos cruzó por la cabeza ir a una compañía de seguros a conseguir uno para el auto. En el Perú existe el Soat, un seguro obligatorio y estandarizado que cubre daños físicos a terceros. Ya depende de cada uno siquiere asegurar el auto contra robos, pérdidas parciales o totales y cosas por el estilo. El Soat cuesta alrededor de 150 soles al año y lo puedes comprar en el estand de un supermercado sin que tengan que inspeccionar el auto ni nada por el estilo. En Bolivia no nos pidieron ningún seguro de autos para entrar y ninguno de los tantos policías que nos intentaron hacer problemas para sacarnos plata nos pidieron ninguno. Por eso, antes de hacer frontera, nuestro sentido común nos decía que en todo caso, nos harían comprar el equivalente al Soat en argentina y que lo peor que nos podía pasar era que éste salga caro. Nunca nos imaginamos que era imposible contratar un seguro cerca de la frontera y que nuestro problema no tendría solución ni en ese momento ni en ese lugar. Pasamos unos días de pesadilla en la frontera de Pocitos, que como la mayoría las fronteras que conozco es fea, hostil y caótica. Derrotados volvimos un sábado a Villa Montes a tocar la puerta de una familia que el día de nuestra partida nos había invitado a tomar un baño y una sopa a su casa.

Sadia nos recibió con tres platos típicos de la comida cruceña: Patasca, Majadito y gelatina de pata. Sentir el calor de hogar de esta familia nos ayudó tremendamente a superar el bajón que vivimos en la frontera. Nos invitaron a pasar la combi al patio y nos quedamos tres días en su casa, enseñando macramé a las hijas y mirando la televisión con el papá. Nehuén estaba con su primera diarrea, y Sadia lo curó preparándole cariñosamente sopas y tés con plátano verde, que además de cortar la diarrea ayuda a recomponer la flora intestinal.

Fue así que cada vez estábamos más cómodos en Villa Montes y comencé a sentir que no quería estar en ningún otro lugar en el mundo. Ibamos a parchar por las tardes y siempre nos caía una moneda como para ir a comer un lomito con papas, tomar una Cascada de naranja y nuestro clásico postre: las cremositas de chocolate. Unos días después de volver nos encontramos con Nuria en la calle, la habíamos conocido a ella y a su novio Sergio poco antes de nuestra supuesta partida a Argentina. Él argentino y ella española se habían conocido en Brasil y venían del Paraguay. Un día despues llegó otra pareja al pueblo: Marina y Manu, de Mar del Plata. Viajan con la música, tocando canciones en los mercados y los restaurantes. Marina es tatuadora y lleva el estudio profesional en la mochila. No pasó mucho tiempo para que ella imprimiera su arte sobre mi piel, una planta de la flor del cerezo para nunca olvidar: vive el presente, viaja sin prisa, disfruta el momento, no te fíes de los planes porque por pensar en lo que vas a hacer te puedes estar perdiendo de lo que está pasando ahora. Puedo sonar como un libro de autoayuda pero lo que nos pasó en la frontera terminó siendo una gran revelación en mi vida, no quería más planes, ya habíamos tenido mucho de eso y realmente estaba disfrutando no saber ni para dónde ir, de simplemente estar ahí, en Villa Montes con los chicos que estábamos conociendo. Poco después apareció Nando, uruguayo, con su perro Gurí y completaron la tripulación de lo que sería por las semanas siguientes el "Locomóvil". Todos juntos nos fuimos trepados en la combi en dirección a Santa Cruz. Antes de salir de Villamontes dejé kilos de ropa para las hijas de Sadia sintiéndo un gran alivio de quitarme tantas cosas innecesarias de encima.

La salida de Villa Montes fue una locura. En el grifo, luego de llenar el tanque, la combi no quería encender más. Tal vez sintió que le estábamos exigiendo demasiado con la cantidad de peso que traíamos, pero se negaba a arrancar. Hubo que llamar a un mecánico y luego a un electricista, que fue el que solucionó el problema. Le terminamos pagando con pulseritas. En el camino fuimos chantajeados por el clásico policía corrupto y maldito que nos amenazó con llevarse los documentos hasta que no trajerámos a un electricista desde la ciudad que nos arreglase un guiño que no andaba bien y seguro se había desacomodado con lo que nos habían arreglado en la salida de Villa Montes. No había manera de rogarle y de explicarle que era demasiado tarde, que no podíamos dormir ahí. Despues de muchos rodeos le soltó a Gus su tarifa de 100 bolivianos que juntamos entre todos para terminar con esa pesadilla. Llegamos a Camiri de noche, directamente a parchar y a comer. A los pocos minutos se nos acercó un chico a hablarnos. Le preguntamos si había algún río donde se podía acampar y nos dijo directamente que sí, pero que él vivía cerca del río, que tenía un patio trasero y que si queríamos podíamos acampar allí. Teníamos pensado salir al día siguiente para Santa Cruz, pero con ese recibimiento y lo cómodos que nos sentimos en la casa de la familia de Fernando, nos terminamos quedando una semana. Fue otro Camiri el que conocimos. Nunca olvidaré a Doña Hortensia, la mamá de Fernando, y su increíble generosidad para recibir a nueve galifardos, un bebé y un perro en su casa con toda la naturalidad del mundo.

Lo que nos pasó en la frontera nos dio la oportunidad de conocer otra Bolivia, de de la nada tener un grupo de amigos y matarnos de la risa todo el día, de vivir tranquilos y sin preocupaciones porque nos pasó en el mejor lugar posible. La última noche en Camiri, fuimos en busca de unas aguas termales en una caminata de aventura extrema porque fue a oscuras y nuestro guia local, Lobo, andaba medio confundido. Finalmente, luego de varias horas caminando, llegamos a la poza con la certeza de que habíamos pasado por un camino increíble sin haberlo podido ver. El agua termal hervía y aún así nos metimos despacito a relajar todos los músculos. Luego dormimos al borde del río para al día siguiente emprender el regreso en una mágica caminata. Nos despedimos de nuestra familia camirense y partimos hacia Cotoca para al día siguiente hacer la feria en el pueblo. Esta vez era fin de mes y vendimos muy poco, pero conseguimos cambiar artesanía por comida y nos fuimos a acampar al río. Fue dificil encontrar la parte del río que tuviera agua pero finalmente llegamos. A mitad de la noche tuvimos que desarmar el campamento y salir de allí cual comando porque se avecinaba una tormenta, creo que nunca fuimos tan eficientes.

Al día siguiente hicimos una pasada rápida por Santa cruz para comprar material y nos fuimos al siguiente pueblo "El Torno", camino a Samaipata, a donde nos queríamos ir todos juntos. Pero nuevamente, nuestros planes no pudieron realizarse. Ya habíamos descartado contratar un seguro de autos porque todos nos rechazaban ya sea porque el auto era extranjero, porque era muy viejo o porque estábamos muy lejos. Pero Gus se sacó la espina y llamó a una compañía de Santa Cruz que su papá había averiguado. Resultó que nos podían vender el seguro contra terceros que necesitábamos, sin importar que la combi fuera peruana ni que fuera del año 69, sin siquiera tener que inspeccionarla. Era lo más simple del mundo, como debería haber sido desde el inicio. De pronto, nos vimos despidiéndonos de nuestros amigos con los que pensábamos seguir hasta Perú y volviendo por el mismo camino, por tercera vez. Nunca olvidaré el grupo loco que formamos y las semanas intensas que pasamos juntos. Nunca olvidaré a mis amigas Marina y Nuria, ni las ocurrencias del "abuelo" como fue apodado por Nehuén Sergio por su parecido con su abuelito argentino. Ni la particular simpleza con la que Manu y Nando ven la vida con sus miradas de veinte años.

Volvimos a lo de doña Hortensia por dos noches y con gran nerviosismo nos enfrentamos a la frontera que unas semanas antes nos había rechazado. Una vez del otro lado y con el permiso de ocho meses de estadía con el auto en Argentina en las manos, respiramos aliviados y nos echamos a dormir.



















miércoles, 11 de agosto de 2010

De Cochabamba a Villa Montes, pasando por la ruta de Ernesto.



Siempre que llegamos a una ciudad pensamos lo mismo: "hagámos lo posible por salir pronto de aquí". Cochabamba no fue la excepción a pesar de que fue un cambio para mejor comparado con la caótica y hostil La Paz. Apenas vimos el parche nos dieron ganas de salir corriendo: en la vereda, plena avenida principal frente a la heladería Dumbo, aparentemente la heladería mas popular de la ciudad. Nos veíamos respirando el smog de todas las combis el día entero durante quién sabe cuánto tiempo hasta juntar la plata para llegar a Santa Cruz, a unos 500 km de distancia. Sin mas remedio armamos el parche y yo me fui con Nehuén a la plaza principal para alejarlo de los tubos de escape. La plaza principal de Cochabamba es hermosa, grande, con muchos arboles y decenas de palomas que Nehuén se dedicó a perseguir y hostigar todas las tardes que duró nuestra estadía.










Ese primer día, cuando volvimos al parche a ver a Gus, me recibió con una gran sonrisa: ya teníamos la plata que necesitábamos para irnos, desde que me fui no había parado vender. Una vez más la magia estuvo de nuestro lado y hasta que nos fuimos a descansar, seguimos vendiendo. Llegando al auto nos dimos con la sorpresa de que la ventana del asiento del copiloto estaba totalmente baja. Gus me dice inmediatamente "Sol, eres terrible!" Quien me conoce, sabe lo inmensamente distraída que puedo ser. Nehuén había bajado el vidrio en un momento en que fuimos los dos a buscar algo a la combi. Y yo me fui sin cerciorarme de que todo estuviera cerrado. Gracias al universo nadie había tocado nada y probablemente nadie notó que la combi había estado abierta durante horas. Definitivamente ese día fue nuestro día de suerte.

Cuando vimos lo bien que se trabaja en Cochabamba, nos dieron ganas de quedarnos más días. Llegamos un lunes y nuestra estadía se prolongó hasta el jueves. Dormimos todas las noches estacionados frente a la Universidad Nacional de San Simon que tiene varias facultades frente a un gran parque. La universidad tiene la facultad de ciencias políticas y deben ser sus estudiantes los que llenan la ciudad de pintas y grafittis con frases cargadas de la ideología socialista y comunista. Es una ciudad con una fuerte movida cultural y mucho orgullo nacional. Por las noches, en muchas esquinas y plazas se pueden ver a grupos de jóvenes practicando danzas típicas. En la plaza central se arman los debates religiosos y políticos que cuentan con gran público, y uno que otro espectáculo callejero como títeres que bailan al son de Santana, cómicos ambulantes y pintores creando sus cuadros en vivo y en directo.

En los días de parche nos fuimos enterando de que había otro lugar entre Cochabamba y Santa Cruz que es lindo para conocer: el gran Chapare. Y hacia allá nos dirigimos completamente satisfechos de nuestra estadía en Cochabamba. Después de varias horas bajando las montañas y pasando por trechos de neblina muy densa, el medioambiente había cambiado por completo: nos encontramos rodeados de verde vegetación y traspirando por el calor y la humedad. Fue una sensación muy extraña después de tanto tiempo en la sierra cambiar tan radicalmente de clima y altitud. En sólo tres horas habíamos pasado de estar a 2500 msnm a tan solo 300.

Llegando al pueblo comenzamos a investigar cual sería el mejor lugar para trabajar. La plaza no se veía muy concurrida, las calles tampoco. Nos contaron que había un parque de monos que recibe muchos visitantes, el parque Machia, así que al día siguiente nos fuimos para allá. Este parque es una maravilla. Alberga cientos de monos rescatados del cautiverio, dándoles la oportunidad de reencontrarse con la libertad que les fue robada. Dormimos todas las noches en el estacionamiento del parque con el ruido de fondo de la selva tropical que hace tanto tiempo no escuchábamos. Yo recien pude disfrutar realmente de la estadía al tercer día cuando se me pasó un poco el resfrío que me traje de recuerdo de Cochabamba. Ese día fuimos a hacer la caminata por el parque e interactuar con los monos. Ëstos se trepan encima de las personas y les meten las manos en los bolsillos en busca de comida. Nehuén estaba estupefacto. Para él los monos eran algo de los cuentos y la televisión y ahora estaban frente a él comiendo bananas y trepándose encima de su padre. Esto último no le causaba ninguna gracia y cuando el mono estaba muy cerca decía "no, no, no!". La catástrofe ocurrió cuando a Gus, de puro amistoso que es, se le vino la mala idea de estrecharle la mano a un mono capuchino para saludarlo. En una milésima de seguno el mono tomó el dedo de Gus entre sus manos y como si fuera una zanahoria le metió una mordida. Gus gritó "Hijo de P***!!!" pero el mono, impávido, se puso a seguirlo como para morderlo otra vez. Y hasta el día de hoy, cuando le pregunto a Nehuén por el mono, este se muerde el dedo y señala a su papá. Total que en los días siguientes el dedo se hinchó, se había infectado. Esto obligó a Gus a tomar diariamente antibióticos e ibuprofenos y gracias a tan radical tratamiento el dedo ya está mejor, pero la anécdota de que un mono le mordió el dedo quedará por siempre.




















El siguiente destino fue Santa Cruz, una ciudad que en muchos sentidos es todo lo opuesto a La Paz. Debe ser por eso que algunos proponen Cochabamba como capital del país, por ser algo así como un intermedio entre estas dos ciudades. Si en La Paz llegando por el alto te da la bienvenida una escultura hecha de alambre del Che Guevara, en Santa Cruz te saluda una réplica de la estatua de la libertad. Se ve que hay más poder adquisitivo y su población no parece tan fragmentada. En Santa Cruz la gente es mucho más amable, es como si conforme el clima se va poniendo mas cálido, así lo hace también el pueblo. El pueblo boliviano andino no es fácil. La gente por lo general es arisca y malgeniada, extremadamente desconfiados y cerrados, especialmente hacia los extranjeros. A partir de Santa Cruz ya se puede pedir prestado el baño sin esperar un rotundo "NO" por respuesta. Te saludan y hablan con confianza, y así es también más fácil acercarse a las personas. Asíq ue aqui, Gus se dedicó a manguear, acercarse a la gente en la plaza y ofrecerle nuestros productos. Mi timidez innata no me deja hacerlo pero Gus no se hace problemas en aproximarse a un extraño y entablar una conversación de la nada que termina en una venta. Así que con Nehuén esperábamos a su papá jugando en la plaza con los niños que ya no están acompañados por nanas como en Lima, sino por padres o abuelos que les dan mas libertad y los dejan ser ellos mismos, algo para mi básico en el desarrollo de cualquier ser humano. Igualmente nuestra sensación estando en Santa Cruz fue "queremos irnos YA". Así que nuestra estadía fue corta y para el fin de semana ya estábamos en Cotoca, un pueblo aledaño que tiene una virgen muy famosa y donde los domingos se realiza una concurrida feria.







Ese lunes ya estábamos camino a la frontera pensando que se habían acabado los lugares para visitar y trabajar. Pero como a tres horas de camino vimos un cartel en la carretera indicando que hacia la derecha queda Lagunillas. Yo recordé que en una conversación con un señor en Villa Tunari que nos quería comprar la camioneta este mencionó Lagunillas como parte de la ruta del Che. Así que sin pensarlo dos veces entramos por un camino de tierra pensando que a pocos kilómetros estaría Lagunillas. Después de una eternidad aún no aparecía nada. Ya estaba oscureciendo y comenzamos a dudar, que hacer? volvemos? pero no nos quisimos quedar con la duda y seguimos avanzando. Una parte del camino parecía bastante arenada, pero la combi como buena guerrera que es, logró pasar. Seguimos avanzando hasta que nos encontramos con un automóvil que nos confirmó que estábamos camino a Lagunillas. Cuando por fin llegamos al cruce, vimos un cartel que indicaba que hacia la derecha estaba Ñancahuasu y la ruta del Che. Así que hacia allá fuimos, ya estaba todo oscuro y paramos en la primera casa que vimos a preguntar donde era que estábamos. De inmediato nos abrieron los portones y nos invitaron a quedarnos. Nos presentamos y pasamos una noche bajo uno de los cielos más estrellados que jamás vi. Estas personas, a pesar de su humildad, nos invitaron sopa, desayuno y almuerzo al día siguiente. Estaban felices con nuestra visita y nosotros con su hospitalidad. Al día siguiente fuimos a conocer el lugar donde el Che y su guerrilla habían armado el campamento principal. Ya casi no quedaba nada, apenas unos ladrillos en el suelo. Gus encontró el cartucho de un fusible muy antiguo que pensamos debe ser de un combate que tuvieron los guerrilleros en el lugar con los soldados del ejército. Al volver, la señora nos esperaba con el almuierzo sobre la mesa y unos mates de sobremesa.











Después de pasar la tarde charlando y riendo, nos despedimos y partimos al pueblo de Lagunillas. Lagunillas es pequeño, muy tranquilo y tiene un buen museo sobre lo que pasó en esos años en que el Che y su guerrilla se instalaron en Ñancahuasú. Nos quedamos dos noches y salimos a Camiri, una pequeña ciudad a unas dos horas de camino. A poco de salir de Lagunillas la combi quedó atascada en la arena, pero por suerte pasó un enorme camión que nos ayudó a salir.



Habíamos decidido alquilar un cuarto un par de noches para poder trabajar después de que Nehuén se duerma porque el parche nos había quedado bastante pobre. Para nuestra sorpresa nos alojamos justo en el hospedaje Londres, donde había caído una de las guerrilleras en el año 67. Y según la gente del hospedaje en el año 66, el Che mismo se había hospedado en la habitación nr 7.




Ahora estamos en Villa Montes, a donde vinimos para una enorme feria ganadera y probar suerte con nuestras cosas. La plaza central es lindísima y mágica porque todos los días vendemos, y bastante bien. Acá, a pocos kilómetros de la frontera, somos testigos de las similitudes con la vecina Argentina: la gente toma mate todo el día, escucha Chacarera, come asado y dice varias veces "che" a lo largo de una conversación. Una persona de acá o de Camiri tiene mucho más en común con un salteño o un tucumano que con un paceño. Acá, he escuchado varias veces decir Colla como insulto. No quieren saber nada con la Wipala, y al igual que en Santa Cruz, nada con Evo ni con el gobierno central. Una vez más, me doy cuenta de la arbitrariedad de las fronteras y del error que se cometió al agrupar poblaciones en países sin tomar en cuenta las diferencias culturales entre ellas. Ahora, a pocos kilómetros de la frontera me siento nuevamente nerviosa por lo que va a pasar cuando querramos cruzarla. En silencio me digo que todo va a salir bien y me despido de Bolivia, interesantísimo país, y uno de los más maltratados de nuestro maltratado continente.