Sadia nos recibió con tres platos típicos de la comida cruceña: Patasca, Majadito y gelatina de pata. Sentir el calor de hogar de esta familia nos ayudó tremendamente a superar el bajón que vivimos en la frontera. Nos invitaron a pasar la combi al patio y nos quedamos tres días en su casa, enseñando macramé a las hijas y mirando la televisión con el papá. Nehuén estaba con su primera diarrea, y Sadia lo curó preparándole cariñosamente sopas y tés con plátano verde, que además de cortar la diarrea ayuda a recomponer la flora intestinal.
Fue así que cada vez estábamos más cómodos en Villa Montes y comencé a sentir que no quería estar en ningún otro lugar en el mundo. Ibamos a parchar por las tardes y siempre nos caía una moneda como para ir a comer un lomito con papas, tomar una Cascada de naranja y nuestro clásico postre: las cremositas de chocolate. Unos días después de volver nos encontramos con Nuria en la calle, la habíamos conocido a ella y a su novio Sergio poco antes de nuestra supuesta partida a Argentina. Él argentino y ella española se habían conocido en Brasil y venían del Paraguay. Un día despues llegó otra pareja al pueblo: Marina y Manu, de Mar del Plata. Viajan con la música, tocando canciones en los mercados y los restaurantes. Marina es tatuadora y lleva el estudio profesional en la mochila. No pasó mucho tiempo para que ella imprimiera su arte sobre mi piel, una planta de la flor del cerezo para nunca olvidar: vive el presente, viaja sin prisa, disfruta el momento, no te fíes de los planes porque por pensar en lo que vas a hacer te puedes estar perdiendo de lo que está pasando ahora. Puedo sonar como un libro de autoayuda pero lo que nos pasó en la frontera terminó siendo una gran revelación en mi vida, no quería más planes, ya habíamos tenido mucho de eso y realmente estaba disfrutando no saber ni para dónde ir, de simplemente estar ahí, en Villa Montes con los chicos que estábamos conociendo. Poco después apareció Nando, uruguayo, con su perro Gurí y completaron la tripulación de lo que sería por las semanas siguientes el "Locomóvil". Todos juntos nos fuimos trepados en la combi en dirección a Santa Cruz. Antes de salir de Villamontes dejé kilos de ropa para las hijas de Sadia sintiéndo un gran alivio de quitarme tantas cosas innecesarias de encima.
La salida de Villa Montes fue una locura. En el grifo, luego de llenar el tanque, la combi no quería encender más. Tal vez sintió que le estábamos exigiendo demasiado con la cantidad de peso que traíamos, pero se negaba a arrancar. Hubo que llamar a un mecánico y luego a un electricista, que fue el que solucionó el problema. Le terminamos pagando con pulseritas. En el camino fuimos chantajeados por el clásico policía corrupto y maldito que nos amenazó con llevarse los documentos hasta que no trajerámos a un electricista desde la ciudad que nos arreglase un guiño que no andaba bien y seguro se había desacomodado con lo que nos habían arreglado en la salida de Villa Montes. No había manera de rogarle y de explicarle que era demasiado tarde, que no podíamos dormir ahí. Despues de muchos rodeos le soltó a Gus su tarifa de 100 bolivianos que juntamos entre todos para terminar con esa pesadilla. Llegamos a Camiri de noche, directamente a parchar y a comer. A los pocos minutos se nos acercó un chico a hablarnos. Le preguntamos si había algún río donde se podía acampar y nos dijo directamente que sí, pero que él vivía cerca del río, que tenía un patio trasero y que si queríamos podíamos acampar allí. Teníamos pensado salir al día siguiente para Santa Cruz, pero con ese recibimiento y lo cómodos que nos sentimos en la casa de la familia de Fernando, nos terminamos quedando una semana. Fue otro Camiri el que conocimos. Nunca olvidaré a Doña Hortensia, la mamá de Fernando, y su increíble generosidad para recibir a nueve galifardos, un bebé y un perro en su casa con toda la naturalidad del mundo.
Lo que nos pasó en la frontera nos dio la oportunidad de conocer otra Bolivia, de de la nada tener un grupo de amigos y matarnos de la risa todo el día, de vivir tranquilos y sin preocupaciones porque nos pasó en el mejor lugar posible. La última noche en Camiri, fuimos en busca de unas aguas termales en una caminata de aventura extrema porque fue a oscuras y nuestro guia local, Lobo, andaba medio confundido. Finalmente, luego de varias horas caminando, llegamos a la poza con la certeza de que habíamos pasado por un camino increíble sin haberlo podido ver. El agua termal hervía y aún así nos metimos despacito a relajar todos los músculos. Luego dormimos al borde del río para al día siguiente emprender el regreso en una mágica caminata. Nos despedimos de nuestra familia camirense y partimos hacia Cotoca para al día siguiente hacer la feria en el pueblo. Esta vez era fin de mes y vendimos muy poco, pero conseguimos cambiar artesanía por comida y nos fuimos a acampar al río. Fue dificil encontrar la parte del río que tuviera agua pero finalmente llegamos. A mitad de la noche tuvimos que desarmar el campamento y salir de allí cual comando porque se avecinaba una tormenta, creo que nunca fuimos tan eficientes.
Al día siguiente hicimos una pasada rápida por Santa cruz para comprar material y nos fuimos al siguiente pueblo "El Torno", camino a Samaipata, a donde nos queríamos ir todos juntos. Pero nuevamente, nuestros planes no pudieron realizarse. Ya habíamos descartado contratar un seguro de autos porque todos nos rechazaban ya sea porque el auto era extranjero, porque era muy viejo o porque estábamos muy lejos. Pero Gus se sacó la espina y llamó a una compañía de Santa Cruz que su papá había averiguado. Resultó que nos podían vender el seguro contra terceros que necesitábamos, sin importar que la combi fuera peruana ni que fuera del año 69, sin siquiera tener que inspeccionarla. Era lo más simple del mundo, como debería haber sido desde el inicio. De pronto, nos vimos despidiéndonos de nuestros amigos con los que pensábamos seguir hasta Perú y volviendo por el mismo camino, por tercera vez. Nunca olvidaré el grupo loco que formamos y las semanas intensas que pasamos juntos. Nunca olvidaré a mis amigas Marina y Nuria, ni las ocurrencias del "abuelo" como fue apodado por Nehuén Sergio por su parecido con su abuelito argentino. Ni la particular simpleza con la que Manu y Nando ven la vida con sus miradas de veinte años.
Volvimos a lo de doña Hortensia por dos noches y con gran nerviosismo nos enfrentamos a la frontera que unas semanas antes nos había rechazado. Una vez del otro lado y con el permiso de ocho meses de estadía con el auto en Argentina en las manos, respiramos aliviados y nos echamos a dormir.
1 comentario:
hola chicos! exelente el blog.
les paso el nuestro... copartimos montañitas juntos.
www.125ccfueradecas.blogspot.com
Abrazo!
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