miércoles, 9 de diciembre de 2009

Flores







Una brasilera cuyo nombre no recuerdo me enseño a hacer estas flores en la selva de Brasil en enero del 2008. G y yo habíamos llegado poco antes de navidad a Alter do Chao en Santarém, donde existen una playas de río paradisiacas de arena blanca y aguas transparentes en pleno Amazonas. "El caribe brasilero". Yo nunca pensé que podía existir un lugar como ese y recuerdo que me impactó mucho la primera vez que lo vi. El agua, que era dulce, tenía la temperatura perfecta y el lugar estaba rodeado de verde. Pasamos tres semanas en ese mágico lugar, hospedados en el jardín de un generoso señor que nos lo prestó para montar la carpita y nos prestaba su cocina y el baño. Ahora que lo pienso, cuánta confianza debemos de haber inspirado en el Gaúcho para que nos abra así, sin más ni mas, las puertas de su casa y habernos dejado usarla como si fuera nuestra. Él nos decía que no teníamos nada que agradecerle.


Alter do Chaõ

La chica que me enseñó a hacer las flores era una artesana que vivía con su compañero en Macaco, un lugar en medio del mato a una hora y media a remo desde pueblo, o a unas dos horas caminando. Nos invitaron a conocer su lugar y pasamos un par de noches acampando en su cabaña, si es que se puede llamar de esa manera, porque en sí era un gran techo con columnas y hamacas, sin paredes. Había una cocina y un horno de barro, y ellos dormían en una carpa. El baño quedaba a varios metros, era un baño seco, de los que no utilizan agua. G y yo dormimos en hamacas esa noche, y nos despertamos al amanecer con los ruidos de la selva, que además de pájaros y chicharras incluían unos aullidos bien locos que después nos aclararon habían sido gorilas, y de ahí el nombre de macaco.

Macaco

Esta pareja había venido viajando durante un año desde la gigantesca urbe que es Saõ Paulo, hasta que conocieron este lugar en medio de la selva y decidieron que ese era el lugar donde querían quedarse a vivir. Habían dos cabañas más: en una vivía un alemán que albergaba siempre a todos los malucos (artesanos brasileros), y otra que ocupaba una pareja, también de artesanos, que hace pocas semanas acababan de parir a un bebé ahí mismo, en Macaco. Estos chicos ocupaban sus días en ir a pescar, trabajar en la cabaña (estaban construyendo un muelle en ese momento), trabajar en sus artesanías que iban a vender los fines de semana al pueblo... vivían una especie de vuelta al origen, alejados del mundo, como rebelándose contra el concreto del que habían partido. Sus vidas, y las nuestras en ese momento, era tan diferentes a lo que nos había sido inculcado, tan distinto a lo acostumbrado. Ellos, como nosotros, habían ido a la universidad, hasta antes de viajar vivían con sus familias... porque los malucos por lo general tienen un origen humilde y problemático, muchas veces son chicos que habían escapado de sus casas y en vez de dedicarse a la delincuencia habían encontrado una vía de superviviencia en el arte de la calle. Son personas con un exterior muy duro: las mujeres parecen gitanas con largos faldones que les tapan las piernas y entre nosotras guardábamos distancia saludándonos con un apretón de manos. Los hombres parecen piratas con las rastas crecidas, collares con dientes de animales y ropa vieja. Todos llevan la piel cubierta de tatuajes. Y siempre comenzaban tratándonos con recelo, éramos los extranjeros, que nos dedicábamos a lo mismo que ellos pero siendo tan distintos, no huíamos de nada, sólo íbamos para encontrar...

En fin, pienso en tanta gente que conocimos y que vive en lugares remotos por elección, alejados de la sociedad. Que esta elección que hicieron fue la de mandar el sistema a la mierda, de desterrarse de las ciudades y simplemente vivir, como toda la vida lo hicieron las personas hasta que llego la industrialización e industrializó todo, hasta nuestras mentes.

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