El viaje fue corto hasta Cafayate, habremos tardado apenas unos diez días en llegar. Yo ya andaba incómoda por la panza, la columna, el nervio ciático y las piernas hinchadas, teniendo solo en mente llegar pronto para formar el nidito en donde esperar tranquilos a nuestro segundo bebé. Cafayate resultó ser la mejor idea que se nos pudo ocurrir. Un pueblito hermoso entre las montañas, barato, tranquilo pero con gran movimiento turístico a la vez. Recién llegados a principios de Agosto, nos pusimos a buscar un lugar para alquilar por mes, ya que sabíamos que mínimo hasta noviembre nos íbamos a quedar. Fue difícil porque la situación habitacional en Cafayate es extraña y no se encuentran muchos lugares para alquilar, así que nos tomó un poco encontrar lo que se convirtió en nuestro hogar por los siguientes tres meses: el Huayra, un hostel temporalmente cerrado al público porque los dueños se iban al día siguiente de nuestra llegada a visitar a sus familias a Buenos Aires y quedaba a cargo Nico, de quien nos haríamos rápidamente buenos amigos. El tiempo se pasó volando entre idas a los controles del embarazo, jornadas intensas de producción de artesanías, juegos con Nehuén y yendo a vender todas las tardes nuestras artesanías frente a la plaza de armas. Creo que nunca antes nos habíamos sentido tan cómodos pasando tanto tiempo en un mismo lugar. Llegamos a hacer un lindo grupo de amigos y llevar una vida rutinaria que normalmente nos aburriría si no fuera por la gente increíble que conocimos y con quienes compartimos tantas reuniones divertidas y comilonas deliciosas.
El 16 de Octubre a las 2 de la madrugada nació nuestro hermoso bebé cafayateño Antú, gracias a Dios sano y robusto como un bebé viajero tiene que ser.
Vino nuestra familia de Buenos Aires a visitar a sus nietos y con ellos viajamos a Salta para prorrogar el permiso de la kombi en territorio argentino que ya estaba próximo a vencer, Antú tenía apenas dos semanas de nacido. Lunes a primera hora nos encontrábamos parados en las oficinas de la aduana de Salta listos para iniciar el papeleo, aparentemente todo transcurría con total normalidad. Sin embargo a la tarde, cuando volvíamos por nuestro permiso firmado, todo se desmoronó. El jefe de la aduana mismo nos invitó a pasar a su oficina para darnos la mala noticia de que no nos daría ninguna prórroga de la estadía. La razón: había logrado averiguar que yo ya contaba con la residencia permanente en Argentina y eso me imposibilitaba entrar un vehículo al país como turista, debía hacerlo como si fuera argentina y contentarme con los 90 días improrrogables que les dan a los argentinos con vehículos extranjeros. La estadía se nos vencía en una semana y las únicas opciones que él nos daba eran o dejar el país dentro de ese plazo, o dejar la Kombi guardada en una zona primaria de aduana hasta el momento en que decidamos irnos. Esto último fue lo que hicimos y a la semana siguiente viajábamos nuevamente a Salta a dejar la kombi con la mayoría de nuestras cosas en ese lugar y volvernos a Cafayate sin ella. Demás está decir que hacer estas cosas con un bebé recién nacido y un niño de dos años es sumamente agotador, y a veces pienso si no nos estaremos destagastando demasiado física y mentalmente cada vez que el sistema nos pone esta clase de dificultades. Dos semanas mas tarde, a principios de diciembre y con Antú de un mes y medio, estábamos listos para dejar Cafayate definitivamente. Muchos deben pensar que somos un par de locos, y tal vez tengan razón. Pero es que lo que nuestra sociedad llama por normal es algo que nunca hemos querido para nuestras vidas.
En fin, el viaje de regreso hacia el norte comenzó con el pie izquierdo pues para estar a primera hora en la aduana de Salta debíamos salir a las 4am en bus de Cafayate. Todo el día siguiente nos pesó el cansancio, y consistió en esperar el trámite, intentar cambiar nuestros pesos a dólares (algo que en Argentina se ha vuelto una odisea), retirar la kombi del depósito en el que había estado relegada las últimas dos semanas, y finalmente arrancar en dirección hacia la frontera, hasta donde nos tomó menos de 48 horas llegar pues ese era el plazo que se nos había dado para que la Verdolaga dejara el país definitivamente.
Llegamos nerviosos a la frontera porque dada nuestra experiencia adquirida, nunca se sabe con qué nos pueden salir. Logramos salir de Argentina sin mayores problemas, pero nuestro ingreso a Bolivia no se hizo tan fácil y terminó en un tremendo dolor de cabeza. El sujeto de migraciones de Bolivia se negaba a sellar mi pasaporte argentino, con el que tenía pensado viajar a partir de ese entonces por la simple razón de que me permite entrar a mas países que el documento de mi país. El tipo alegaba que como yo era peruana era imposible que tuviera un pasaporte argentino y que por lo tanto no podía dejarme entrar con este documento a Bolivia. Luego de un buen rato de explicarle que si yo no pudiera viajar con ese documento jamás me lo hubieran otorgado ya que para lo único que sirve un pasaporte es para viajar, que si no tuviera validez el gendarme argentino tampoco hubiera sellado mi salida, y de simplemente rogarle porque tenía a un bebé recién nacido colgado de la teta y a otro tratando de escaparse todo el tiempo, accedió a sellar el pasaporte no sin antes dejar en claro que "nunca mas entrará a Bolivia con ese pasaporte!" Siempre pienso y diré que ponen en las fronteras a las personas mas estúpidas e incapaces, que ante la duda prefieren hacer pasar a uno un mal rato en vez de tomarse el tiempo de averiguar y hacer bien su trabajo.
En fin estábamos en Bolivia y listos para llegar a Camiri donde tenemos nuestra familia amiga que cada vez que pasamos nos adopta con todo el cariño haciéndonos sentir cómodos y en casa.
Las siguientes semanas en Bolivia tampoco fueron fáciles. Decidimos tomar un camino distinto que por el que habíamos venido, pero no fue una buena decisión. Era el camino viejo de Santa Cruz a Cochabamba que pasa por Samaipata, lugar que nos habíamos quedado con las ganas de conocer el año pasado. Yo había visto en un mapa que tendríamos que pasar por 50km de ripio antes de Cochabamba, cosa que no nos pareció tan grave. Pero parece que el mapa lo hizo alguien muy mal informado, puesto que el ripio fue eterno (150km, dos días enteros) y el camino terrible con constantes subidas y bajadas. El motor se nos recalentaba en las cuestas y teníamos que parar a cada rato para que enfríe, una pesadilla. Era imposible apreciar el bello paisaje con la constante preocupación de estar posiblemente fundiendo el motor otra vez. Poco antes de terminar el ripio un ruido muy fuerte nos hizo parar y al fijarse Gus descubrió que habíamos partido la barra estabilizadora en dos. No quedó otra que atarla con hilo encerado y seguir camino.
Samaipata ni siquiera valió la pena pues resultó ser un pueblito sin mucha gracia, bastante aburrido, sí bonito pero poco amistoso ya que encima antes de irnos un viejo facho que se juraba el dueño del pueblo nos amenazó de muerte por taparle la vista a la plaza con la kombi. Algo que es una constante en Bolivia es que te es recordado demasiadas veces que tú no eres de allí, que eres extranjero/a, que ellos son los dueños de todo y que por lo tanto tú no tienes derecho a nada. Nos ha pasado que no nos han querido vender pan ni galletas, que no nos respondían cuando les hablábamos, en fin, aparte de contadas excepciones es una gente muy difícil y muy cerrada, y no es de sorprender que el Che Guevara haya visto fracasados sus planes revolucionarios en este país si la gente se encuentra tan recelosa con las personas que no son bolivianas.
A este recuento de dificultades debo sumar el de la gasolina. Uno de los atractivos para pasar por Bolivia era lo barato de su combustible. Pero una nueva ley anti extranjeros nos la ponía difícil: los vehículos con placas extranjeras ahora pagaban el triple, es decir mas caro que en Argentina o Perú, una locura. Y esta vez no había manera de sobornar al gasolinero con pulseritas pues les habían puesto cámaras "los del gobierno" y parecían realmente convencidos de que el mismísimo Evo Morales los estaba observando atentamente para que no cometieran ninguna infracción. Nuestra solución fue conseguir un bidón de 20 litros y comprar así la gasolina para a los pocos metros introducirla en la Kombi, un absurdo. Además cada ciudad agregaba una dificultad a esta movida. En Cochabamba sólo nos cargaban 10 litros por persona, así que tenía que ir Gus a cargar diez, luego yo a cargar diez y así en tres grifos distintos hasta llenar el tanque. En La Paz directamente ya no nos querían vender con bidón, por suerte encontramos un grifo clandestino y llenamos el tanque, pero nos olvidamos de llevarnos gasolina barata para el camino.
Cochabamba estuvo mejor porque conocimos recién llegados a un chico dueño de una kombi que nos dio una mano para varias cosas, entre ellas nos regaló un montón de pañales y nos llevó al taller mecánico donde trabaja a que le den una revisada a la Verdolaga, que sospechábamos no había salido ilesa del camino viejo. Total, descubrieron que estaba perdiendo aceite por un reten roto y que tocaba bajarle el motor. Por suerte Bolivia es barato y todo el arreglo con repuestos incluidos nos salió apenas $50. Estuvimos varios días trabajando en Cochabamba en una plaza que tenía un movimiento de locos por culpa de las fiestas navideñas para las que ya no faltaba mucho. Para el fin de semana ya estábamos entrando por el caos del Alto a la ciudad de La Paz con el fin de participar en la feria del prado del domingo. La sorpresa ingrata de que tal feria no la hacían más que de abril a Octubre nos quitó toda la ilusión de recuperar lo gastado hasta entonces y quedamos en cambio con la resignación de seguir gastándonos nuestros humildes ahorros. Nos apuraban las fechas navideñas, que queríamos pasar en Lima con nuestra familia, y también nos botaba de Bolivia la seguidilla de contratiempos y la falta de satisfacciones que nos traía este viaje tan difícil.
Salimos de Bolivia jurando no volver a regresar en Kombi por estos lados y ansiosos por entrar a Perú, algo que para variar nos costó bastante. Estaba el tema de la reimportación del vehículo al territorio peruano, y eso no solo nos costó bastante dinero sino pasar una noche en desaguadero y 24 horas en el depósito de la aduana hasta que por fin fuimos libres de transitar por el Perú. Algo bueno fue que nos enteramos que para la salida hacia Ecuador no es necesario hacer todo este trámite pesadillesco y que se puede salir normalmente por la frontera.
Una vez dentro de Perú todo fue mejorando, al menos las personas eran amistosas con nosotros tanto así que hasta los policías nos causaban una buena impresión! Felices porque según nosotros ya había pasado lo peor, llegamos a Arequipa pensando pasar una noche, conocer lo que no conocimos el año pasado y seguir viaje normalmente para llegar a tiempo al festejo navideño en Lima. Pero nuevamente la vida nos guardaba una sorpresita desagradable bajo la manga. Fuimos a hacer el trámite de la revisión técnica, obligatorio documento para circular con cualquier auto. Ya quedaba camino a Camaná, así que pensábamos seguir viaje después de hacerlo. Pero no aprobamos, y teníamos que arreglar tres desperfectos en la Kombi para obtener el documento: la luz de retroceso no encendía, un extremo de la dirección tenía juego y nuestra emisión de gases dio muy alta. No perdímos el ánimo y lo primero que hicimos fue encontrar un lugar donde arreglar lo de la dirección que nos parecía lo mas complicado. El mecánico, muy amable, nos citó para el día siguiente a primera hora y nos mandó a la calle de los repuestos para irlos consiguiendo. Ahí mismo encontramos un electricista que por 5 soles nos solucionó lo de luz y al día siguiente pasamos la mitad del día en el taller arreglando el juego en la dirección. El mecánico resulto siendo un señor muy amable que se identificó con nuestra causa y terminó cobrándonos la mitad no sé si porque le dimos pena o qué, pero mal no nos vino. Quedaba lo de la emisión de gases, que creíamos sería algo de lo mas simple de solucionar ya que los puestitos de quienes regulaban las emisiones se encontraban afuera del lugar donde se hace la revisión técnica. Para nuestro horror el tipo que se puso a revisar nos dio la noticia de que no se podía hacer porque era algo del motor que implicaba bajarlo nuevamente! Totalmente desmoralizados fuimos a un mecánico de VW que él mismo y otro señor de la repuestera nos recomendaron, y este nos reconfirmó la mala noticia. El motor estaba perdiendo compresión y eso hacía que la emisión de gases de muy alta como para pasar la revisión técnica, no quedaba otra que bajar el motor. Como no queríamos más que llegar a Lima y olvidarnos de este viaje que se estaba transformando en una pesadilla, decidimos viajar igual, con la esperanza de que los policías en la ruta comprendieran nuestra situación y nos dejaran llegar a destino en paz. Pero en el primer peaje nos paró el policía y lo primero que nos pidió fue la revisión técnica. Nos pusimos a explicarle que habíamos estado fuera del país por un año y medio (enseñándole los papeles aduaneros), que habíamos tenido la intención de sacar la revisión técnica pero que era un problema de motor que nos era imposible de solucionar en ese momento, etc. Fue en vano, el policía quería lo que todos quieren: dinero. Nos amenazó con la multa de 450 soles, con quitarnos la camioneta, con que toooodos los policías del camino nos seguirán poniendo multas de 450 soles para finalmente decirnos que le demos algo para la gasolina para solucionar el problema. Para hacerla corta, nos dimos media vuelta porque no queríamos saber nada con tener que estar pasando por estas extorsiones a lo largo del camino, ya estábamos lo suficientemente nerviosos y estresados como para exponernos a estos carroñas que encima en épocas de fiestas de fin de año se ponen peor que nunca. De vuelta en Arequipa nos pusimos a exprimirnos el coco para encontrarle una solución a nuestros problemas. Nos cuestionamos todo lo que estábamos haciendo, y ylamé a mi mamá en busca de consejo y consuelo. Terminamos tomando, creo yo, la mejor decisión, tal vez no para nuestros bolsillos pero sí para nuestra salud mental. Dejaríamos la kombi en el taller del Sr Sánchez para que éste arregle lo que haya que arreglar para conseguir el bendito documento que nos permite andar y nos iríamos en micro a Lima por unas merecidas vacaciones, a disfrutar de nuestros mas queridos y que más nos quieren. Y así hicimos, ahora estamos acá con las pilas recargadas, con la confianza renovada para los primeros días del 2012 volver por la Verdolaga a Arequipa y subir por la costa despacito, como tiene que ser.
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