viernes, 17 de septiembre de 2010

Otra Bolivia

Las cosas no salieron bien y aunque sí salimos de Bolivia no logramos entrar a Argentina y, una vez más, nos quedamos atascados en una frontera. La razón: no teníamos un seguro de autos válido en ese país. Sí, no salimos del Perú con un seguro de autos internacional. No sé si ya estamos demasiado desconectados del sistema o si simplemente somos estúpidos, pero nunca se nos cruzó por la cabeza ir a una compañía de seguros a conseguir uno para el auto. En el Perú existe el Soat, un seguro obligatorio y estandarizado que cubre daños físicos a terceros. Ya depende de cada uno siquiere asegurar el auto contra robos, pérdidas parciales o totales y cosas por el estilo. El Soat cuesta alrededor de 150 soles al año y lo puedes comprar en el estand de un supermercado sin que tengan que inspeccionar el auto ni nada por el estilo. En Bolivia no nos pidieron ningún seguro de autos para entrar y ninguno de los tantos policías que nos intentaron hacer problemas para sacarnos plata nos pidieron ninguno. Por eso, antes de hacer frontera, nuestro sentido común nos decía que en todo caso, nos harían comprar el equivalente al Soat en argentina y que lo peor que nos podía pasar era que éste salga caro. Nunca nos imaginamos que era imposible contratar un seguro cerca de la frontera y que nuestro problema no tendría solución ni en ese momento ni en ese lugar. Pasamos unos días de pesadilla en la frontera de Pocitos, que como la mayoría las fronteras que conozco es fea, hostil y caótica. Derrotados volvimos un sábado a Villa Montes a tocar la puerta de una familia que el día de nuestra partida nos había invitado a tomar un baño y una sopa a su casa.

Sadia nos recibió con tres platos típicos de la comida cruceña: Patasca, Majadito y gelatina de pata. Sentir el calor de hogar de esta familia nos ayudó tremendamente a superar el bajón que vivimos en la frontera. Nos invitaron a pasar la combi al patio y nos quedamos tres días en su casa, enseñando macramé a las hijas y mirando la televisión con el papá. Nehuén estaba con su primera diarrea, y Sadia lo curó preparándole cariñosamente sopas y tés con plátano verde, que además de cortar la diarrea ayuda a recomponer la flora intestinal.

Fue así que cada vez estábamos más cómodos en Villa Montes y comencé a sentir que no quería estar en ningún otro lugar en el mundo. Ibamos a parchar por las tardes y siempre nos caía una moneda como para ir a comer un lomito con papas, tomar una Cascada de naranja y nuestro clásico postre: las cremositas de chocolate. Unos días después de volver nos encontramos con Nuria en la calle, la habíamos conocido a ella y a su novio Sergio poco antes de nuestra supuesta partida a Argentina. Él argentino y ella española se habían conocido en Brasil y venían del Paraguay. Un día despues llegó otra pareja al pueblo: Marina y Manu, de Mar del Plata. Viajan con la música, tocando canciones en los mercados y los restaurantes. Marina es tatuadora y lleva el estudio profesional en la mochila. No pasó mucho tiempo para que ella imprimiera su arte sobre mi piel, una planta de la flor del cerezo para nunca olvidar: vive el presente, viaja sin prisa, disfruta el momento, no te fíes de los planes porque por pensar en lo que vas a hacer te puedes estar perdiendo de lo que está pasando ahora. Puedo sonar como un libro de autoayuda pero lo que nos pasó en la frontera terminó siendo una gran revelación en mi vida, no quería más planes, ya habíamos tenido mucho de eso y realmente estaba disfrutando no saber ni para dónde ir, de simplemente estar ahí, en Villa Montes con los chicos que estábamos conociendo. Poco después apareció Nando, uruguayo, con su perro Gurí y completaron la tripulación de lo que sería por las semanas siguientes el "Locomóvil". Todos juntos nos fuimos trepados en la combi en dirección a Santa Cruz. Antes de salir de Villamontes dejé kilos de ropa para las hijas de Sadia sintiéndo un gran alivio de quitarme tantas cosas innecesarias de encima.

La salida de Villa Montes fue una locura. En el grifo, luego de llenar el tanque, la combi no quería encender más. Tal vez sintió que le estábamos exigiendo demasiado con la cantidad de peso que traíamos, pero se negaba a arrancar. Hubo que llamar a un mecánico y luego a un electricista, que fue el que solucionó el problema. Le terminamos pagando con pulseritas. En el camino fuimos chantajeados por el clásico policía corrupto y maldito que nos amenazó con llevarse los documentos hasta que no trajerámos a un electricista desde la ciudad que nos arreglase un guiño que no andaba bien y seguro se había desacomodado con lo que nos habían arreglado en la salida de Villa Montes. No había manera de rogarle y de explicarle que era demasiado tarde, que no podíamos dormir ahí. Despues de muchos rodeos le soltó a Gus su tarifa de 100 bolivianos que juntamos entre todos para terminar con esa pesadilla. Llegamos a Camiri de noche, directamente a parchar y a comer. A los pocos minutos se nos acercó un chico a hablarnos. Le preguntamos si había algún río donde se podía acampar y nos dijo directamente que sí, pero que él vivía cerca del río, que tenía un patio trasero y que si queríamos podíamos acampar allí. Teníamos pensado salir al día siguiente para Santa Cruz, pero con ese recibimiento y lo cómodos que nos sentimos en la casa de la familia de Fernando, nos terminamos quedando una semana. Fue otro Camiri el que conocimos. Nunca olvidaré a Doña Hortensia, la mamá de Fernando, y su increíble generosidad para recibir a nueve galifardos, un bebé y un perro en su casa con toda la naturalidad del mundo.

Lo que nos pasó en la frontera nos dio la oportunidad de conocer otra Bolivia, de de la nada tener un grupo de amigos y matarnos de la risa todo el día, de vivir tranquilos y sin preocupaciones porque nos pasó en el mejor lugar posible. La última noche en Camiri, fuimos en busca de unas aguas termales en una caminata de aventura extrema porque fue a oscuras y nuestro guia local, Lobo, andaba medio confundido. Finalmente, luego de varias horas caminando, llegamos a la poza con la certeza de que habíamos pasado por un camino increíble sin haberlo podido ver. El agua termal hervía y aún así nos metimos despacito a relajar todos los músculos. Luego dormimos al borde del río para al día siguiente emprender el regreso en una mágica caminata. Nos despedimos de nuestra familia camirense y partimos hacia Cotoca para al día siguiente hacer la feria en el pueblo. Esta vez era fin de mes y vendimos muy poco, pero conseguimos cambiar artesanía por comida y nos fuimos a acampar al río. Fue dificil encontrar la parte del río que tuviera agua pero finalmente llegamos. A mitad de la noche tuvimos que desarmar el campamento y salir de allí cual comando porque se avecinaba una tormenta, creo que nunca fuimos tan eficientes.

Al día siguiente hicimos una pasada rápida por Santa cruz para comprar material y nos fuimos al siguiente pueblo "El Torno", camino a Samaipata, a donde nos queríamos ir todos juntos. Pero nuevamente, nuestros planes no pudieron realizarse. Ya habíamos descartado contratar un seguro de autos porque todos nos rechazaban ya sea porque el auto era extranjero, porque era muy viejo o porque estábamos muy lejos. Pero Gus se sacó la espina y llamó a una compañía de Santa Cruz que su papá había averiguado. Resultó que nos podían vender el seguro contra terceros que necesitábamos, sin importar que la combi fuera peruana ni que fuera del año 69, sin siquiera tener que inspeccionarla. Era lo más simple del mundo, como debería haber sido desde el inicio. De pronto, nos vimos despidiéndonos de nuestros amigos con los que pensábamos seguir hasta Perú y volviendo por el mismo camino, por tercera vez. Nunca olvidaré el grupo loco que formamos y las semanas intensas que pasamos juntos. Nunca olvidaré a mis amigas Marina y Nuria, ni las ocurrencias del "abuelo" como fue apodado por Nehuén Sergio por su parecido con su abuelito argentino. Ni la particular simpleza con la que Manu y Nando ven la vida con sus miradas de veinte años.

Volvimos a lo de doña Hortensia por dos noches y con gran nerviosismo nos enfrentamos a la frontera que unas semanas antes nos había rechazado. Una vez del otro lado y con el permiso de ocho meses de estadía con el auto en Argentina en las manos, respiramos aliviados y nos echamos a dormir.



















miércoles, 11 de agosto de 2010

De Cochabamba a Villa Montes, pasando por la ruta de Ernesto.



Siempre que llegamos a una ciudad pensamos lo mismo: "hagámos lo posible por salir pronto de aquí". Cochabamba no fue la excepción a pesar de que fue un cambio para mejor comparado con la caótica y hostil La Paz. Apenas vimos el parche nos dieron ganas de salir corriendo: en la vereda, plena avenida principal frente a la heladería Dumbo, aparentemente la heladería mas popular de la ciudad. Nos veíamos respirando el smog de todas las combis el día entero durante quién sabe cuánto tiempo hasta juntar la plata para llegar a Santa Cruz, a unos 500 km de distancia. Sin mas remedio armamos el parche y yo me fui con Nehuén a la plaza principal para alejarlo de los tubos de escape. La plaza principal de Cochabamba es hermosa, grande, con muchos arboles y decenas de palomas que Nehuén se dedicó a perseguir y hostigar todas las tardes que duró nuestra estadía.










Ese primer día, cuando volvimos al parche a ver a Gus, me recibió con una gran sonrisa: ya teníamos la plata que necesitábamos para irnos, desde que me fui no había parado vender. Una vez más la magia estuvo de nuestro lado y hasta que nos fuimos a descansar, seguimos vendiendo. Llegando al auto nos dimos con la sorpresa de que la ventana del asiento del copiloto estaba totalmente baja. Gus me dice inmediatamente "Sol, eres terrible!" Quien me conoce, sabe lo inmensamente distraída que puedo ser. Nehuén había bajado el vidrio en un momento en que fuimos los dos a buscar algo a la combi. Y yo me fui sin cerciorarme de que todo estuviera cerrado. Gracias al universo nadie había tocado nada y probablemente nadie notó que la combi había estado abierta durante horas. Definitivamente ese día fue nuestro día de suerte.

Cuando vimos lo bien que se trabaja en Cochabamba, nos dieron ganas de quedarnos más días. Llegamos un lunes y nuestra estadía se prolongó hasta el jueves. Dormimos todas las noches estacionados frente a la Universidad Nacional de San Simon que tiene varias facultades frente a un gran parque. La universidad tiene la facultad de ciencias políticas y deben ser sus estudiantes los que llenan la ciudad de pintas y grafittis con frases cargadas de la ideología socialista y comunista. Es una ciudad con una fuerte movida cultural y mucho orgullo nacional. Por las noches, en muchas esquinas y plazas se pueden ver a grupos de jóvenes practicando danzas típicas. En la plaza central se arman los debates religiosos y políticos que cuentan con gran público, y uno que otro espectáculo callejero como títeres que bailan al son de Santana, cómicos ambulantes y pintores creando sus cuadros en vivo y en directo.

En los días de parche nos fuimos enterando de que había otro lugar entre Cochabamba y Santa Cruz que es lindo para conocer: el gran Chapare. Y hacia allá nos dirigimos completamente satisfechos de nuestra estadía en Cochabamba. Después de varias horas bajando las montañas y pasando por trechos de neblina muy densa, el medioambiente había cambiado por completo: nos encontramos rodeados de verde vegetación y traspirando por el calor y la humedad. Fue una sensación muy extraña después de tanto tiempo en la sierra cambiar tan radicalmente de clima y altitud. En sólo tres horas habíamos pasado de estar a 2500 msnm a tan solo 300.

Llegando al pueblo comenzamos a investigar cual sería el mejor lugar para trabajar. La plaza no se veía muy concurrida, las calles tampoco. Nos contaron que había un parque de monos que recibe muchos visitantes, el parque Machia, así que al día siguiente nos fuimos para allá. Este parque es una maravilla. Alberga cientos de monos rescatados del cautiverio, dándoles la oportunidad de reencontrarse con la libertad que les fue robada. Dormimos todas las noches en el estacionamiento del parque con el ruido de fondo de la selva tropical que hace tanto tiempo no escuchábamos. Yo recien pude disfrutar realmente de la estadía al tercer día cuando se me pasó un poco el resfrío que me traje de recuerdo de Cochabamba. Ese día fuimos a hacer la caminata por el parque e interactuar con los monos. Ëstos se trepan encima de las personas y les meten las manos en los bolsillos en busca de comida. Nehuén estaba estupefacto. Para él los monos eran algo de los cuentos y la televisión y ahora estaban frente a él comiendo bananas y trepándose encima de su padre. Esto último no le causaba ninguna gracia y cuando el mono estaba muy cerca decía "no, no, no!". La catástrofe ocurrió cuando a Gus, de puro amistoso que es, se le vino la mala idea de estrecharle la mano a un mono capuchino para saludarlo. En una milésima de seguno el mono tomó el dedo de Gus entre sus manos y como si fuera una zanahoria le metió una mordida. Gus gritó "Hijo de P***!!!" pero el mono, impávido, se puso a seguirlo como para morderlo otra vez. Y hasta el día de hoy, cuando le pregunto a Nehuén por el mono, este se muerde el dedo y señala a su papá. Total que en los días siguientes el dedo se hinchó, se había infectado. Esto obligó a Gus a tomar diariamente antibióticos e ibuprofenos y gracias a tan radical tratamiento el dedo ya está mejor, pero la anécdota de que un mono le mordió el dedo quedará por siempre.




















El siguiente destino fue Santa Cruz, una ciudad que en muchos sentidos es todo lo opuesto a La Paz. Debe ser por eso que algunos proponen Cochabamba como capital del país, por ser algo así como un intermedio entre estas dos ciudades. Si en La Paz llegando por el alto te da la bienvenida una escultura hecha de alambre del Che Guevara, en Santa Cruz te saluda una réplica de la estatua de la libertad. Se ve que hay más poder adquisitivo y su población no parece tan fragmentada. En Santa Cruz la gente es mucho más amable, es como si conforme el clima se va poniendo mas cálido, así lo hace también el pueblo. El pueblo boliviano andino no es fácil. La gente por lo general es arisca y malgeniada, extremadamente desconfiados y cerrados, especialmente hacia los extranjeros. A partir de Santa Cruz ya se puede pedir prestado el baño sin esperar un rotundo "NO" por respuesta. Te saludan y hablan con confianza, y así es también más fácil acercarse a las personas. Asíq ue aqui, Gus se dedicó a manguear, acercarse a la gente en la plaza y ofrecerle nuestros productos. Mi timidez innata no me deja hacerlo pero Gus no se hace problemas en aproximarse a un extraño y entablar una conversación de la nada que termina en una venta. Así que con Nehuén esperábamos a su papá jugando en la plaza con los niños que ya no están acompañados por nanas como en Lima, sino por padres o abuelos que les dan mas libertad y los dejan ser ellos mismos, algo para mi básico en el desarrollo de cualquier ser humano. Igualmente nuestra sensación estando en Santa Cruz fue "queremos irnos YA". Así que nuestra estadía fue corta y para el fin de semana ya estábamos en Cotoca, un pueblo aledaño que tiene una virgen muy famosa y donde los domingos se realiza una concurrida feria.







Ese lunes ya estábamos camino a la frontera pensando que se habían acabado los lugares para visitar y trabajar. Pero como a tres horas de camino vimos un cartel en la carretera indicando que hacia la derecha queda Lagunillas. Yo recordé que en una conversación con un señor en Villa Tunari que nos quería comprar la camioneta este mencionó Lagunillas como parte de la ruta del Che. Así que sin pensarlo dos veces entramos por un camino de tierra pensando que a pocos kilómetros estaría Lagunillas. Después de una eternidad aún no aparecía nada. Ya estaba oscureciendo y comenzamos a dudar, que hacer? volvemos? pero no nos quisimos quedar con la duda y seguimos avanzando. Una parte del camino parecía bastante arenada, pero la combi como buena guerrera que es, logró pasar. Seguimos avanzando hasta que nos encontramos con un automóvil que nos confirmó que estábamos camino a Lagunillas. Cuando por fin llegamos al cruce, vimos un cartel que indicaba que hacia la derecha estaba Ñancahuasu y la ruta del Che. Así que hacia allá fuimos, ya estaba todo oscuro y paramos en la primera casa que vimos a preguntar donde era que estábamos. De inmediato nos abrieron los portones y nos invitaron a quedarnos. Nos presentamos y pasamos una noche bajo uno de los cielos más estrellados que jamás vi. Estas personas, a pesar de su humildad, nos invitaron sopa, desayuno y almuerzo al día siguiente. Estaban felices con nuestra visita y nosotros con su hospitalidad. Al día siguiente fuimos a conocer el lugar donde el Che y su guerrilla habían armado el campamento principal. Ya casi no quedaba nada, apenas unos ladrillos en el suelo. Gus encontró el cartucho de un fusible muy antiguo que pensamos debe ser de un combate que tuvieron los guerrilleros en el lugar con los soldados del ejército. Al volver, la señora nos esperaba con el almuierzo sobre la mesa y unos mates de sobremesa.











Después de pasar la tarde charlando y riendo, nos despedimos y partimos al pueblo de Lagunillas. Lagunillas es pequeño, muy tranquilo y tiene un buen museo sobre lo que pasó en esos años en que el Che y su guerrilla se instalaron en Ñancahuasú. Nos quedamos dos noches y salimos a Camiri, una pequeña ciudad a unas dos horas de camino. A poco de salir de Lagunillas la combi quedó atascada en la arena, pero por suerte pasó un enorme camión que nos ayudó a salir.



Habíamos decidido alquilar un cuarto un par de noches para poder trabajar después de que Nehuén se duerma porque el parche nos había quedado bastante pobre. Para nuestra sorpresa nos alojamos justo en el hospedaje Londres, donde había caído una de las guerrilleras en el año 67. Y según la gente del hospedaje en el año 66, el Che mismo se había hospedado en la habitación nr 7.




Ahora estamos en Villa Montes, a donde vinimos para una enorme feria ganadera y probar suerte con nuestras cosas. La plaza central es lindísima y mágica porque todos los días vendemos, y bastante bien. Acá, a pocos kilómetros de la frontera, somos testigos de las similitudes con la vecina Argentina: la gente toma mate todo el día, escucha Chacarera, come asado y dice varias veces "che" a lo largo de una conversación. Una persona de acá o de Camiri tiene mucho más en común con un salteño o un tucumano que con un paceño. Acá, he escuchado varias veces decir Colla como insulto. No quieren saber nada con la Wipala, y al igual que en Santa Cruz, nada con Evo ni con el gobierno central. Una vez más, me doy cuenta de la arbitrariedad de las fronteras y del error que se cometió al agrupar poblaciones en países sin tomar en cuenta las diferencias culturales entre ellas. Ahora, a pocos kilómetros de la frontera me siento nuevamente nerviosa por lo que va a pasar cuando querramos cruzarla. En silencio me digo que todo va a salir bien y me despido de Bolivia, interesantísimo país, y uno de los más maltratados de nuestro maltratado continente.











martes, 20 de julio de 2010

Migraciones = Dolores de cabeza

Fronteras. Nunca el sueño de un contiente unido pareció tan lejano como cuando tuve que hacer migraciones para entrar a Bolivia. "A usted, por ser argentino le damos 90 días", le dijo a Gus el señor encargado de estampar el sellito en el pasaporte con los días que tendríamos permitidos estar en el país. "A usted, como es peruana, le daré 30". Sólo después de hacerle ver que lo que iba a hacer no tenía sentido porque somos una familia y viajamos juntos, terminó sellandome 90 días. Igual, sus palabras siguen retumbando en mi cerebro. Peruanos, colombianos, bolivianos somos discriminados en las fronteras por nuestra mala fama y nos discriminamos entre nosotros. Sin embargo, una vez cruzada la frontera son menos las cosas que diferencian y más las que unen: la misma cultura andina que se refleja en los rasgos y motes al hablar, en las comidas y en los vestidos de las mamitas. Yo, como limeña, soy vista como extranjera por mis propios paisanos. Y por momentos estando en Bolivia me olvido de que ya no estoy en el Perú.

El trámite para sacar la combi del país fue todo lo tedioso, largo y caro que nos imaginamos y más. Y desaguadero es tan feo como su nombre. Pero la parte mas dura fue sacar a Gus del país una semana antes, cuando nos fuimos a hacer tiempo a Copacabana. Haciendo migraciones en la frontera de Kasani, los encargados de estamparle el sellito con la salida en el pasaporte se negaron a hacerlo. Porqué? Porque le faltaba un sellito en el carnét de residente que costaba $20. La alternativa que nos daban? Volver hasta Lima para comprar el sellito. Como esta alternativa nos parecía imposible, tuvimos que batallar durante cuatro horas para poder irnos de una vez por todas a Bolivia. Sólo despues de que el consulado argentino se comunicara con una jefa de migraciones en Lima y ésta le diera la orden al par de ineptos encargados de la frontera de dejarlo salir, nos pudimos ir agotados de tanto pelear. Estuvimos en el limbo migratorio durante cuatros días, yendo en el día a Copacabana para trabajar y volviendo por la noche a Yunguyo, en Perú, para dormir en la combi porque ella sólo podía salir del país por la frontera de desaguadero. En Copacabana Sergio se mudó a un cuarto y la combi se sintió como un amplio departamento. Tengo que decir que las mamitas de Copacabana son las mas malvadas de todas, poco falta que te ladren cuando les quieres comprar algo.

Pasando el aburrimiento de esperar tomando fotos mientras la combi estaba en el almacen con los camiones



Pasamos casi una semana en La Paz, una ciudad que genera sentimientos contradictorios. A simple vista puede parecer horrible y después te das cuenta de que tiene un encanto particular. La Paz es una ciudad color ladrillo rodeada de cerros, al pie de un impresionante nevado. La ciudad se desparrama tanto para arriba como para abajo siendo estos dos extremos, los extremos mismos de la escala social. Arriba, en la zona denominada El Alto, está la parte más nueva y pobre de la ciudad, con las casas a medio construir, calles de tierra y caóticos movimientos de masas de gente y vehículos. Allí se realiza dos veces por semana una feria enorme de ropa usada, repuestos de autos, electrónica, juguetes y cuantas cosas uno quiera comprar más barato que en cualquier otro lugar. Luego está el centro de la ciudad, el centro histórico que se caracteriza por sus construcciones antiguas, las empinadísimas calles y el caos vehícular extremo. Nadie respeta la luz roja, los policías están pintados y las combis asesinas siguen vigentes. Si uno sigue bajando, mucho, llega a la parte sur de la ciudad, a donde se han ido a refugiar los ricos en sus enormes casas rodeadas de muros. Ahí es donde nos quedamos a dormir, primero porque en esa zona queda la calle donde se parcha, y segundo porque obviamente es más tranquilo que los otros dos lugares. Eso lo confirmamos la última noche que nos fuimos a dormir cerca del centro porque queríamos estar temprano a la mañana para la feria de los domingos que se hace en la Av del Prado, y tuvimos que dar vueltas como dos horas hasta encontrar un lugar seguro para dormir.

La Paz



Después de la existosa feria del domingo que nos llenó el tanque, nos vinimos directo para Cochabamba dejando atrás el crudo frío del altiplano. Esta ciudad es más homogénea y chica, más barata y la gente más amable. Mientras tanto, vemos a Nehuén crecer frente a nuestros ojos, haciéndose niño y dejando poco a poco de ser bebé.