Inicialmente teníamos pensado ir de Lima a Ica de un tirón y pasar la noche en Huacachina. Sin embargo el Lunes de la partida terminar de alistar todo nos tomó más tiempo de lo esperado y terminamos dejando la ciudad recién a las 3 de la tarde. La despedida fue triste, pero una vez andando pude por fin sentir la emoción de estar de viaje. Los días previos habían sido tan agitados que las correrías por organizar nuestras cosas no me habían permitido sentirme así. Llenamos el tanque y nos fuimos hacia el Sur. Lo único que interrumpía cada tanto el recorrido eran los múltiples controles policiales que por alguna rázon siempre nos tocaron a nosotros, pero sin problemas gracias a tener todos los papeles en regla. Ya sabemos que si algún día queremos huir de la ley, nuestra querida combi no nos va a poder acompañar. Nehuén quedó privado antes de los cinco minutos de haber salido y arrullado por el motor su siesta llegó al tiempo récord de más de tres horas. La noche nos agarró llegando a Cañete y por eso decidimos quedarnos en el tranquilo pueblo de El Carmen en Chincha. Nehuén estaba ya despierto hace un rato y desesperado por llegar. Quedamos totalmente atolondrados luego de una pasadita por Chincha para comprar leche en polvo y café. Yo ya había conocido Chincha antes, Gus y yo nos conocimos trabajando en un balneario cercano, pero tengo que decir que el absoluto caos con el que nos encontramos en la avenida principal realmente me atarantó. Las veredas llenas de personas, luces, comercios y bulla. Mucha gente también iba caminando por la pista y la cruzaba como sea. Por supuesto estaban los infatables taxis y mototaxis manejando en cualquier dirección y tocando el claxón constantemente. El escenario era apocalíptico. Hicimos lo posible por salir rápido de allí y llegar al Carmen donde reina la paz.
Apenas estacionamos frente a la municipalidad, bajé a Nehuén para jugar en el parque mientras Gus se quedó en la combi cerrando las cortinas. No habrán pasado ni diez minutos de llegados cuando de la nada se vino a encontrar con nuestro viejo amigo Milton, el médico que atendía la posta en la playa donde trabajamos ese verano que nos conocimos. Qué extraño se siente cuando parece que la vida fuera un guión donde ya todo está escrito. Venirnos a encontrar tan rápido con Milton fue gratamente desconcertante. Milton nos llevó a su casa donde estaba su mamá Marita que nos invitó un delicioso plato de pejerreyes fritos con yuca y ensalada. Para nuestra buena suerte ese mismo día se le había ocurrido hacer torta de zanahoria que nos comimos calientita, acompañada de una taza de manzanilla.
Unas horas después caímos los tres rendidos para pasar nuestra primera noche en la comodidad de la combi. A la mañana siguiente esta gente linda y generosa nos despertó con una jarra de jugo de papaya con naranja, panes y tamales. Existe un desayuno más delicioso que ese? Lo completamos con dos tazas de café y una mamadera llena de leche y kiwigen para Nehuén. Después del desayuno Nehuén se puso a jugar fútbol por las calles del Carmen, hizo dos amigas nuevas y ordenamos nuestra casita móvil para poder arrancar antes del mediodía a nuestro próximo destino: el oasis de Huacachina, la tierra de mi abuela, en Ica.




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