jueves, 17 de junio de 2010

La Huacachina







Huacachina es un Oasis en pleno desierto de Ica, cinco horas al Sur de la ciudad de Lima. Estando acá no puedo dejar de imaginar lo que debe haber sido para Irma, mi abuela, nacer, crecer y pasar su infancia y adolescencia en este lugar que parece salido de un cuento de las mil y una noches. Cómo habrá sido vivir esos tiempos, cuando nadie creía que la laguna algún día se empezaría a secar porque en ese entonces no se pensaba en que los recursos naturales eran finitos. No puedo dejar de imaginar cual sería la casa en la que creció junto a sus papás y seis hermanos, y cómo sería de apacible la vida en un lugar como este. Sin electricidad, sin turistas, ni hoteles, ni bares, ni restaurantes. Sin cumbia ni reguetón como música de fondo. Sin dunas llenas de bolsas de plástico. Con la laguna limpia y profunda. Sin gringos mirándonos a todos como si fueramos muy interesantes y a la vez incomprensibles. A veces pienso que nací en la época equivocada porque siento nostalgia por los tiempos que no viví. Me hubiera gustado vivir la época más limpia e inocente de la humanidad, cuando el futuro era todavía un lugar lleno de esperanzas.

En fin, el lugar sigue manteniendo de todas formas una belleza impactante, un clima de desierto delicioso, caluroso en el día y frío de noche para acurrucarse debajo de las sábanas y soñar con con Irma y sus hermanas tomando un baño refrescante en la laguna, jugando en las dunas y vistiendo sus más lindos atuendos para ir a pasear por la ciudad.

En Huacachina seguimos con los encuentros gratos. Nos topamos con Sergio, un querido parcero colombiano con el que ya habíamos compartido en la temporada de verano en montañita. Parece que nos va a acompañar a Nazca, así que la combi ya tendrá su primer invitado. Eso será mañana, porque hoy la combi tiene que estar en su enésimo taller mecánico, donde le van a arreglar una pérdida de aceite que viene arrastrando desde Lima. A pesar de que no se vende nada, me encanta Huacachina.

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